miércoles, 22 de marzo de 2017

EN EL CORAZÓN DE LA LUNA


Había una estrella en el cielo, solo una, que vagaba por las oscuras sendas de la noche, esas en las que  nuestros ojos nada encuentran, salvo que las miremos con el alma.
Debía ser una estrella anciana, ya cansada de su vida, pues su luz era como un suspiro que se interrumpía con que apenas la rozara una nube y su curso era errático, vacilante, como si se hubiera perdido en ese océano de sombras que tantas veces había recorrido.
Debía estar herida de ceguera, dañada su memoria o una inmensa pena se había clavado en su alma, para que su triste vuelo solo arrancara lástima.
Mis ojos se apagaban al contemplarla. Quisiera enviarla una sonrisa, decirla que era una elegida, capaz de inundar nuestros corazones de sueños, de romper los muros de nuestra imaginación y hacernos soñar con lo eterno…, pero algo me decía que era ella quien necesitaba creer que todo eso era verdad; sospechaba que era ella quien buscaba esas ilusiones que tantas veces, junto a sus hermanas, habían sido capaces de despertar en un corazón y en un alma.
Entre la nostalgia y la melancolía, en medio de ese trance, entendí por qué la Naturaleza salió de las manos de Dios, por qué la Naturaleza tiene corazón de madre.
Ya se alejaba de mi mirada, ya se perdía por esas inaccesibles rutas que nos obligan a imaginar lo que ocultan, ya enfilaba el oscuro túnel de la nada, cuando un rayo de luna la detuvo.
Como esa maternal mano que cubre al hijo aislándole del peligro e infundiéndole, con su roce, todo el amor del mundo, así, un haz de nácar envolvió a la herida estrella, la recogió con la misma delicadeza como quien encuentra, en el suelo, un corazón herido y la llevó hacia su seno, ese blanco pecho que amamanta de luz al universo.
¡Oh Dios!, hubiera querido grabar ese momento en el que la pequeña estrella, al calor de su madre luna, empezaba a emitir brillantes latidos que apenas podían contenerse y buscaba, con sus puntas, lamer los labios de la luna.
Mis ojos compartían las mismas felices lágrimas a las que ellas acaban de dar vida en el momento en que se besaban, pero esta cortina de emociones no evitó que contemplara la consumación del milagro.
La pequeña estrella doblegó sus puntas y se arrodilló mientras la luna, a su vez, apagaba su cerco de luz y se recogía sobre sí misma. Juntas, dibujaban el más bello homenaje a la intimidad.
El cielo enmudeció, el resto de estrellas se puso el traje sagrado de luces, la vida se detuvo  y un murmullo, el que nacía de los orantes labios de estrella y luna, grabó en esas oscuras sendas la más bella oración que puede nacer de un alma que se siente curada.
Sí, entonces comprendí que la Naturaleza era hija de Dios y madre, que yo he sido, muchas veces, esa estrella y tú has sido, para mí, la luna.

Abel de Miguel

Madrid, España

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