viernes, 31 de marzo de 2017

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA


Lágrimas blancas cubrieron la  tierra dejándola un frío pero tierno beso de  nieve, y esta se estremeció al ver cómo el cielo la vestía de novia.
¿Era una declaración de ese amor latente que nunca ocultan, que siempre existe entre ellos?
Sí, fue una muestra más de esa necesidad que sienten de estar juntos y de decirse que se aman.
Porque ahora fue la nieve la excusa que encontró el cielo para decirle, a la tierra, que la añoraba, pero cuántas “excusas”, de qué maneras tan diversas, cielo y tierra se han jurado ese amor que habita en sus almas desde que fueron creados.
También lo vi ese día en el que el cielo se pobló de blancos pañuelos, de nubes que se rebelaron a quedarse ancladas en las alturas y, rebeldes, iniciaron la fuga en busca de su tierra amada.
Se posaron sobre ella, la ocultaron entre sus algodonados brazos y se fundieron como lo hacen el mar y la orilla.
No les bastaba enamorarse con la mirada; necesitaban que sus labios se rozaran y la imaginación del corazón inventó la niebla.
La llamamos así, pero es el camuflado, el necesario beso que les alimenta la vida.
En ocasiones, amparadas en el pudor de un amor íntimo y secreto, se besan de noche para que nuestros ojos no los vean.
¡Quién sabe los suspiros, palabras y emociones que cielo y tierra dejarán grabados en ese aire oscuro y nocturno mientras se besan!
Pero el amor transparente es una voz a gritos que se revela.
Y yo los descubrí cuando, al amanecer, brillantes gotas de agua cubrían el sueño de esa tierra.
Lo llamamos “rocío”, pero son lágrimas.
Llegaba la luz de un nuevo día que pondría al descubierto su secreto y las nubes huyeron, rápidamente, al cielo.
Era hora de separarse, llegaba el duro momento en el que sus labios se despedirían, pero ambos, cielo y tierra, se dejaron un recuerdo: sus lágrimas.
Sí, lloraron, pero era un llanto en el que pena y emoción se fundían, y les agradezco que no ocultaran sus sentimientos, que nos dejaran el recuerdo de que allí hubo un encuentro, que vistieran la naturaleza con el ropaje de sus almas. ¡Eso es el rocío!
Y si alguna vez siento que la pena o la emoción derrumban esa celda en la que se esconden las lágrimas, las liberan y acompañan, en su fuga, hasta llegar a mi mirada, no les cerraré el paso y dejaré que, lentas o presurosas, se abalancen al vacío desde la atalaya de mis ojos.
Lloraré si lo necesito; dejaré que una lágrima rompa la sequedad de mi mirada, que empañe su brillo. ¿No es, acaso, hermosura ver cómo las nubes agasajan, hasta cubrirla, la piel de la tierra y la visten de nostalgia y poesía?
Pues dejaré que las lágrimas besen mis ojos, porque todo lo que nace de un beso es felicidad, y feliz seré si abro las puertas de mi alma a esas emociones fugitivas que buscan, en mis ojos, la libertad.
Seré tan feliz como ese día en el que el cielo y la tierra se buscan y, vestidas de nieve, de niebla o de rocío, se dicen que se aman.

Abel de Miguel

Madrid, España

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