martes, 7 de marzo de 2017

LAS  HERIDAS DEL CIELO


Era  una tarde en la que el cielo revelaba que una herida habitaba en su seno: un  tul de grisáceas nubes daba un fúnebre aspecto a su rostro y delataba que su alma estaba triste, que languidecía y que las penas oprimían su pecho.
Necesitaba evacuarlas y no encontró mejor confidente que la tierra. Ella sería la fiel y dulce amante sobre la que descansarían sus penas, en las que buscaría el consuelo que no le daba esa herida.
Y se rasgó el pecho, rompió el luctuoso velo de nubes que lo cubría e inundó la Naturaleza con la música del dolor: el desgarrador eco de la tormenta y el silencio de la lluvia.
Supe lo que bullía en los secretos rincones del alma del cielo porque él, sin quererlo, me los comunicó.
Esa misma tarde en la que él lloraba, yo la afronté con el feliz espíritu de recordar aquellos paseos en los que la lluvia nos invitaba a resguardarnos bajo el mismo paraguas como débiles aves que entrecruzan sus alas para sentirse protegidas. Así  lo creíamos cuando nos sentíamos más cerca.
Aún flotaban esos felices recuerdos cuando una lágrima de agua los hizo naufragar.
Un árbol, cuya corteza parecía respirar los últimos brotes de vida, dejaba caer sus ramas en busca de esa agua recién nacida.
Paradojas de la Naturaleza: lo que para él era un motivo de felicidad, para el cielo era hija de su pena.
Recogí, cuidadosamente, una de esas lágrimas que, lentamente, acariciaba la piel del anciano árbol.
Pero esa gota de agua que vivificaba era hija de un corazón herido, el del cielo, y yo quería consolarla.
No sé si fue locura, pero con la misma suavidad que en ella habitaba, la dejé descansar sobre mi pecho, con el ilusorio deseo de que se adentrara en él y pudiera hablar con mi alma.
Y así fue.
Tras ese necesario tiempo de silencio en el que dos miradas se cruzan y se intercambian, bajo la muda inspiración de los ojos, los sentimientos, lágrima y alma vaciaron sus emociones como si se amaran.
Supe que el cielo siente, a menudo, vahídos de nostalgia por un sueño que tuvo: vio cómo los corazones se amaban o acallaban sus heridas con el silencio de un beso o del perdón.
Y, a veces, ve cumplido su sueño. Es el momento en el que la Naturaleza ríe y nos brinda esos deseos de vida vestidos de eternidad.
Pero hoy ha sentido el peso de aquellos que apagaron el beso con el sordo ruido del desprecio o del rencor, por eso llora.
Y en medio de este diálogo entre lágrima y alma he visto que se ha abierto un claro, que el llanto ha cesado y que un rayo de luz recuerda que sigue habiendo una vida mejor.
Sí, ha bastado un diálogo sincero en el que las almas se han desnudado, para que muera esa herida y el árbol, nosotros, sigamos manteniendo el sueño de vivir.

Abel de Miguel

Madrid, España

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