sábado, 29 de abril de 2017

CUANDO LA VIDA SE PARA



Era una de esas noches en las que  el silencio y la paz se apropian de los sentidos de la Naturaleza, en la que la  vida se para y los mortales se dejan seducir por esas invisibles emociones que nacen de la luna, del viento y del mar.
En uno de esos momentos en los que mirada y alma dejan que sus pensamientos se pierdan en esos infinitos caminos que dibuja el silencio de la noche, un apacible viento vino a dormir sobre la arena. Esta, se estremecía ante las caricias de sus etéreas manos y se removía al escuchar los suspiros que el sueño del viento liberaba.
Se sentía dichosa cuando su piel era besada por una fresca brisa, inquieta por no romper ese hilo de silencio que unía almas, tierra, mar y cielo.
Ese inquietante juego de amor entre la arena y el viento me robó la mirada, pero no los pensamientos.
Los trasladé desde el oscuro horizonte en el que se hallaban, los bajé del cielo y se adentraron en ese torbellino de amor.
La misma luna quería presenciar ese impulso, y dejó que sus plateados rayos avanzaran sobre el mar como manos que lo acariciaban, hasta llegar a esa orilla en la que el viento y la arena se amaban.
Pero como el amor es una cadena que contagia del mismo sentimiento a todo aquello que roza, al mar se le incendió la sangre al sentirse acariciado por la luna y desplegó sus olas, como si fueran labios que buscaban besar esos otros de arena en los que el viento y la arena se amaban.
Y mientras todo esto sucedía, mis pensamientos no se dispersaban; al revés, se alimentaban de ese torrente de emociones que, en una noche serena y tranquila, la Naturaleza fue capaz de desatar.
La luna y el agua los contemplaban, pero sin romper su intimidad.
Aletargados en la orilla, fraguaban nuevos sentimientos que fueran capaces de arrancar nuevos sueños en aquellos mortales que allí se acercaran.
Parecía no tener fin ese romance entre el viento y la arena, hasta que uno de esos besos que dibujaron las olas, no pudiendo retener su impulso, invadió el recinto sagrado.
No importaba. Ya habían compartido el suficiente tiempo para revelarse sus secretos y abrir sus almas.
El viento se retiró y allí dejó a su amada arena, rodeada de ese beso de agua que el mar les dejó.
Mis pensamientos también abandonaron ese rincón en el que la Naturaleza se había amado y volvieron a ese horizonte oscuro en el que un hilo de silencio ataba mi alma al cielo.
Sí, la recuerdo.
Era una noche serena y tranquila en la que la vida se para, en la que el silencio y la paz son capaces de herir de amor a aquellos mortales que se dejen seducir por las invisibles emociones de la luna, del viento y del mar.

Abel de Miguel

Madrid, España

lunes, 24 de abril de 2017

NO LO PERMITAS



Intuyo que hay momentos en los que  sientes el desagradable roce de la mano de la tristeza sobre tu alma y que, en  ese momento,  se oscurecen los pilares que forjaron nuestros besos, sueños y miradas.
No permitas que deje una leve estela en tus ojos, ni que su sombra planee sobre tu pecho robándote esa felicidad por la que luchaste y has llegado a acariciar.
Si te sientes presa de esa amarga emoción, debes saber que yo, también, en esos momentos, soy como ese volcán al que le roban el fuego que nace de su garganta; es decir, me roban, del alma, tu sueño.
Si te sientes triste, soy ese mar que, ante la ausencia de besos de su amado viento, transforma sus olas en tristes versos, capaces de arrancar lágrimas a quienes a su orilla se acerque, o de borrar la triunfal sonrisa del contemplativo corazón que busca, desde sus labios de arena, soñar.
Si estás triste,  seré esa catarata a la que roban su eco, ese que suena a eternidad cuando sus aguas caen al vacío, sin importarles a dónde van a parar, y me convertiré en muda cortina de agua que se precipita sin sentido.
Arranca, con los restos de ese amor que sobrevive en el fondo de tu alma, aquellos que son indestructibles, toda esa maleza revestida de sentimientos y quémala en la hoguera de tus recuerdos, aquellos que dibujan en tus labios una sonrisa, en tus ojos la luz, y en tu corazón, la alegría.
A veces, siento, al pasar a tu lado, que te envuelve un triste aire y he querido rasgar ese velo de invisibles lágrimas, la tristeza, ofreciéndote miradas y palabras que podaran las ramas de tu pena.
 He contemplado la lucha desatada en tu pecho entre los motivos que te animan  a vivir y los fúnebres pensamientos que te invitan a claudicar; he escuchado, en el fragor de esa batalla, el gemido de  los llantos frente al trino de las sonrisas, la oscura sombra de la melancolía frente a la luz de la esperanza, y no pudiendo quedarme impasible, he luchado en tu guerra con las armas que me concede el amor.
Así, abriré las puertas de mi corazón para que huyan, como tempestuoso viento, todos esos sentimientos y deseos que me llevaron a amarte, para que arrasen esas malas hierbas que te hacen dudar si existe la felicidad y dejaré que se conviertan en sentidos besos que animen a las tristes olas que se dibujan el mar azul de tu mirada.
Alimentaré el fuego del volcán, los sueños de mi alma, para que su calor incinere esa maleza que te roba la felicidad y ensordeceré tus tristes suspiros con el eterno eco de esa pasión desatada que se precipita al vacío sin saber dónde acabará porque contigo viaja.
Sí, cuando sientas el desagradable roce de su mano no permitas que la tristeza te invada. Siempre habrá alguien que te ame, siempre habrá un motivo que te devuelva la felicidad.
Mira, aquí tienes mi alma, ¿la ves? 
No lo permitas. Ella te ama.
Abel de Miguel
Madrid, España


domingo, 16 de abril de 2017

DOMINGO  DE RESURRECCIÓN



Había  despuntado el alba, con el pensamiento de que sus primerizos rayos limpiaran las nocturnas sombras que se interponían entre el cielo y el sepulcro, pero apenas asomaron sus puntas de luz, detuvieron su paso y se recluyeron en la celeste bóveda.
La tierra entera ya estaba iluminada por un brillo superior al que el amanecer podía ofrecer. Y ese luminoso milagro nacía del sepulcro que había mantenido en vilo almas y corazones.
Estaba vacío.
Los restos de una muerte que se retorcía en su derrota y saboreaba su propia hiel, y los sagrados lienzos que cubrieron el cuerpo muerto de Cristo eran los únicos vestigios de ese lugar que vio la muerte de Dios y su vuelta a la vida.
Y la Creación rompió su silencio, se rasgó el luctuoso velo, abandonó los gemidos y lamentos y se vistió de una felicidad superior a la que sintió cuando nació de las manos de Dios.
Pero si el corazón de lo creado se conmovió hasta el extremo de sentir a qué sabe el Amor cuando se ha perdido y recuperado, bien podría DIos crear un nuevo Paraíso con aquellas almas que lo lloraron y se sintieron vírgenes espíritus viviendo un nuevo Cielo al ver que había resucitado.
Dime, corazón, que nunca sentiste tal dicha como la de poder volver a amar lo que llenó tu vida y diste por desaparecido.
Dime, alma, que nunca te viste tan cerca de Dios como cuando, tal día como hoy, tus cegados ojos, envueltos de ilusión, se reencontraron con Aquel que te creó.

Y esa triunfal sonrisa que se dibuja en aquellos pechos que por Él lloraron, es el reflejo de la que nace de los divinos labios de ¡Cristo resucitado!
SÁBADO  SANTO

La imagen puede contener: una o varias personas, noche y fuego

Han  pasado dos días y los corazones tiemblan, las almas dudan y las miradas se fijan en ese suelo que fue, de Cristo, sepultura. 
El  tiempo pasa lento, tan lento que las divinas promesas quedan lejos, rayando el horizonte en el que se funden el deseo y el olvido.
Apenas han sido unas horas, pero es tan intensa la ausencia, que se convierte en dagas, capaces de desgarrar la fe y la esperanza.
Mendigan Su presencia, sienten sed de Sus palabras, los ojos añoran Su mirada y sienten Su vacío como amante al que roban el amor de su amada.
Pero si lo amado y perdido es el mismo Dios, ¿a quién recurrir para que llene ese vacío?
Luchan para no sentirse vencidos y, de vez en cuando, una de esas almas cuya fe impide que muera la memoria, recuerda lo que Él dijo: "...y al tercer día, resucitaré de entre los muertos"'.
Son , esas palabras, tibias llamas que, apenas, avivan un fuego que aún sIente el frío que le dejó la muerte.
Según se precipita el día, asoma y crece esa tensión en la que el miedo a que no se cumpla lo deseado lucha contra esa invencible esperanza que ha echado raíces en el alma.
Y llegará la noche que anuncia el tercer día.
¡Qué eterna se hace esta espera y, a la vez, qué gozosa!
Porque, ya, una clara luna, un plácido aire y una noche en calma intuyen que vuelve la Vida que les robó Su muerte.
Y esas almas y corazones que sentían frío, notan cómo esas tibias llamas se van apoderando de su pecho y van llenando su vacío hasta hacerles sentirse como ese amante que recupera el amor de lo amado.

Y la noche permanece en vela, en tensa y feliz espera de ese momento que borrará los miedos y las dudas de aquellos que soñaron que, un día, volvería su Amado.
VIERNES  SANTO



Son  las tres del mediodía.
Tiembla  la tierra como si le hubieran arrancado el alma o herido el corazón y lanza un  estremecedor grito llamando a las sombras, para que sean dueñas y roben la vida del Sol.
El aire se llena de lamentos, de confusos alaridos en los que se funde la tragedia y la desesperación.
Golpes de pecho que dejan un dolorido eco que suena a castigo; mientras, un furioso viento envuelve y mezcla todos esos sentimientos que nacen de una injusta tragedia.
Esa misma tierra que está saboreando la muerte abre los oscuros rincones de su vientre y resucita aquellos cuerpos y almas que esperaban la Vida.
Y en medio de este holocausto en el que unas almas, aterradas, huyen y otras, felices, buscan el Cielo, se dibuja, en la cima del Calvario, una cruz: la del Cristo Nazareno.
La cabeza, inclinada, descansa sobre un pecho que siente la soledad de un corazón muerto y la ausencia de un Alma que se ha ido al Cielo.
Su cuerpo, hace un instante, tembloroso, ya descansa de su sufrimiento.
La sangre, aún caliente, resbala sobre una piel, o lo que queda de ella, que ya no siente las heridas.
Cristo ha muerto y, poco a poco, se hace el silencio.
Solo resuenan aislados llantos, pisadas que se retiran con la conciencia herida, la fría y metálica voz de las armas que recogen los romanos; hasta aquellas triunfantes sonrisas de los fariseos labios asoman dubitativas y con cierta vergüenza.
Los hay que no quieren volver la vista al cruel escenario; los hay que no ven lo que miran porque el dolor les ciega; y los hay, como María, que no apartan sus ojos del Hijo aunque una espada le esté traspasando el alma.
¡Qué lejos queda esa anunciada esperanza de la Resurrección!
En medio de ese humano dolor, no hay corazón que lo resista ni alma que vea, en el Cielo, a ese crucificado Dios; salvo la de María, aunque sea presa del materno dolor.
Pero hoy solo es día de masticar ese silencio que deja la muerte de Dios.
Sí, llegará el momento que haga olvidar, comprender, esta tragedia, pero, hoy, también mi alma la ocupan las sombras y suena, en ella, el confuso eco de una conciencia herida, de gemidos, de lamentos, de suspiros, de tragedia, de...
Y en medio de este holocausto, se dibuja, en la cima del Calvario, una cruz: la del Cristo Nazareno.
Cristo ha muerto.

Se hace el silencio......
JUEVES  SANTO


Ya  se acercaba el momento en el que Dios iba a morir y reunió a los elegidos para anunciarles la tragedia. Entre ellos, estaba quien le iba a entregar, pero no importaba: haría un último esfuerzo por salvar su vida y su alma.
Sabía que la muerte le esperaba, que en ese traidor corazón no había lugar al arrepentimiento, pero ello sería la causa de que ese último encuentro rompiera las barreras del recuerdo y se transformara en eterno.
Uno a uno, lavó, cual siervo, los pies de sus discípulos; y bien pudo hacerlo con sus propias lágrimas, las que nacieron de su alma al pensar en ellos.
Pero era mucho el amor que anidaba en ese corazón, superior al tormento que le esperaba, por lo que rompió las barreras del tiempo, arrancó las cadenas de la efímera vida y enclaustró su Sangre y Cuerpo en la eternidad del pan y del vino.
Los amaba, nos amaba hasta tal extremo que nuestro pecado no sería suficiente para que cayéramos en su olvido.
Y los abrazó con su divina mirada mientras sus manos ofrecían su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
El podrido corazón que le traicionó no pudo resistir esa ofrenda de Amor y, humilado y malherido, tragó su propia condena.
Poco importaba que alguien traicionara a Dios, pues Él no pagaría, a los hombres, con la misma moneda; así, tal día como hoy, transformó un amargo recuerdo en ese misterio divino en el que Dios siempre estará con nosotros bajo las especies de pan y vino.
Y esas lágrimas lavatorias nacen, ahora, en mi pecho, y buscan lavar mi alma besando los pies de ese Cristo que nos dejó, para siempre su divino Cuerpo.

martes, 11 de abril de 2017

LA MUERTE DEL PERDÓN


Un Cristo, herido de muerte,  cruza las calles dejando una estela de pena  en quienes contemplan su cuerpo.
Un silencio de muerte se adueña de ellas; silencio que deja heridas en el alma y arranca lágrimas en  quienes en Él fijan su mirada.
El melancólico aire de la noche apenas mece las llamas de unas tímidas velas que saben que su misión, a esa hora, es la de iluminar el dolor, esa sangre que es el único ropaje que cubre a Dios.
El cielo calla, la luna se tiñe de rojo, las estrellas se visten de lágrimas, la Naturaleza hace duelo por Aquel que la creó. La Tierra entera llora.
Es Dios quien avanza en busca de una voluntariamente muerte y sus ojos, moribundos, buscan, uno a uno, esos corazones que comparten su dolor.
Sus ensangrentadas manos, abiertas y clavadas, se abren para acariciar esos incrédulos rostros que no aciertan a comprender el misterio de la muerte.
Cristo se detiene. Quiere parar el tiempo y contemplar, por última vez, a quienes le entregaron, a quienes le aman, a todas las almas.
Espontáneamente, el aire se llena de suspiros que nacen de esas gimientes almas que nunca creyeron que la muerte pudiera adueñarse del mismo Dios.
Oraciones en baja voz que quieren ser bálsamo de esas llagas, robarle el dolor y devolverle una vida que se escapa. 
Y ese divino Cristo, cautivo de su amor, abre sus divinos labios para convertir en consuelo la desesperanza de una muerte anunciada.
 Desde un balcón, una quebrada voz rasga el negro velo de la noche; y llena, de oración, el desconsolado corazón de la Naturaleza con una saeta que solo puede nacer del alma.
“¡Oh, Cristo!, a quien mis ojos ven morir, tus llagas serán mi vida, mi camino para ir al Cielo contigo.
Con  tus clavos clavaré mis pasiones para que no te hagan morir.
Arrancaré los humanos “dolores” de mi corazón y sembraré, en él, tus espinas.
Déjame, ¡oh Cristo!, tener tu cuerpo muerto entre mis brazos para saber lo que es amar.”
Y ese Cristo agonizante se arrancó el alma, se despojó de su Corazón y los entregó vestidos de Sangre y Vida a quienes quisieran compartir su dolor.
En las calles sigue quedando una estela de pena, el aire de la noche destila melancolía, el cielo calla y la Naturaleza hace duelo, pero en las almas queda una huella, la de ese Cristo indulgente que saludó a la muerte con el perdón.
Unas tímidas velas son testigos de esa noche en la que el misterio de la Muerte se vistió de Amor.
Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 7 de abril de 2017

RESUCITADOS



Se acercaban esos días en los que  el aniversario de una muerte empezaba a vestir las calles de dolor y dejaba en el ambiente un  aroma a tristeza. Sensación que se acentuaba allí donde la luz era una extraña y el silencio habitaba constantemente.
En uno de esos rincones, reservados para confidencias y secretos, asomó la sombra de un joven.
Su andar era lento, reflexivo, y al llegar allí dudó si seguir arrastrando sus pensamientos o descansar en esa penumbra, a la que solo acompañaba una tímida luz y un débil viento que parecía sugerir palabras.
Finalmente, se acomodó entre las mudas piedras y dejó que su mirada se perdiera en el oscuro aire de esa noche.
Uno de esos sentimientos que se arraigan en el alma y no la abandonan hasta verlo cumplido o comprendido debía invadirle, pues el mismo aire se detuvo, callaron los resquicios de vida y las piedras se removieron como si las hubieran dotado de corazón y experimentaran lo que es un sentimiento.
Por su alma viajaban imaginarios recuerdos de la Pasión de Dios y su corazón lo cruzaban esos ojos que un día le arrebataron la paz y que, ya, nunca pudo olvidar.
Dios y una mujer convivían en su pecho, embravecido mar que no encontraba consuelo.
Esos ojos y la divina sangre hacían que solo encontrara en los suspiros y en alguna perdida lágrima esa voz que diera a conocer su tragedia.
Pero lágrima y suspiro se fundieron en el oscuro aire de esa noche y, este, acostumbrado a escuchar confidencias, a recibir, en sus manos, besos de amantes cuando no tienen junto a ellos lo amado, testigo de ardientes promesas, de sueños vestidos de eternidad, sintió que su piel se turbó.
La etérea alma del viento, curada de emociones, descubrió un nuevo sentimiento.
Empezó a dejar, por todos aquellos rincones olvidados y melancólicos, el eco de lo que había descubierto, y allá por donde cruzaba sucedía lo mismo: las piedras se removían y la luz temblaba.
El joven, mientras tanto, sumido en ese trance en el que el dolor de Dios y unos ojos le desgarraban, empezó a concluir que ese sentimiento sería la bandera que ondeara en su pecho hasta la muerte.
Pero sintió que algo alteraba su mundo interior, que el aire abandonaba su triste aroma y que la temblorosa luz se tornó firme y segura.
Su mirada abandonó el oscuro aire y se centró en esas piedras por las que él había llegado: una sombra, tan lenta y reflexiva como la suya, se acercaba.
Era una cruz, apoyada en unos delicados hombros que, según avanzaba, aplacaba su enfurecido mar.
Ya tenía ante sus ojos la imagen de esa sombra que le estaba devolviendo la paz.
La examinó lentamente, como quien saborea la esperanza, hasta que sus ojos se cruzaron con los de quien llevaba esa feliz cruz.
¡Oh, Dios!, eran aquellos que le robaron el corazón y que estaban ligados al dolor de Dios.
La joven descansó su mirada sobre la de él y, por ese instinto divino y humano que nace de las almas y corazones que aman, supieron que ambos habían estado compartiendo la misma tragedia y suspirando por el mismo sueño.
Y por uno de esos rincones, reservados para confidencias y secretos, se alejaron sus sombras mientras un feliz aroma inundaba el oscuro aire de la noche, esa noche en la que Dios, aun recordando su muerte, quiso resucitar dos corazones y dos almas.

Abel de Miguel

Madrid, España