domingo, 16 de abril de 2017

DOMINGO  DE RESURRECCIÓN



Había  despuntado el alba, con el pensamiento de que sus primerizos rayos limpiaran las nocturnas sombras que se interponían entre el cielo y el sepulcro, pero apenas asomaron sus puntas de luz, detuvieron su paso y se recluyeron en la celeste bóveda.
La tierra entera ya estaba iluminada por un brillo superior al que el amanecer podía ofrecer. Y ese luminoso milagro nacía del sepulcro que había mantenido en vilo almas y corazones.
Estaba vacío.
Los restos de una muerte que se retorcía en su derrota y saboreaba su propia hiel, y los sagrados lienzos que cubrieron el cuerpo muerto de Cristo eran los únicos vestigios de ese lugar que vio la muerte de Dios y su vuelta a la vida.
Y la Creación rompió su silencio, se rasgó el luctuoso velo, abandonó los gemidos y lamentos y se vistió de una felicidad superior a la que sintió cuando nació de las manos de Dios.
Pero si el corazón de lo creado se conmovió hasta el extremo de sentir a qué sabe el Amor cuando se ha perdido y recuperado, bien podría DIos crear un nuevo Paraíso con aquellas almas que lo lloraron y se sintieron vírgenes espíritus viviendo un nuevo Cielo al ver que había resucitado.
Dime, corazón, que nunca sentiste tal dicha como la de poder volver a amar lo que llenó tu vida y diste por desaparecido.
Dime, alma, que nunca te viste tan cerca de Dios como cuando, tal día como hoy, tus cegados ojos, envueltos de ilusión, se reencontraron con Aquel que te creó.

Y esa triunfal sonrisa que se dibuja en aquellos pechos que por Él lloraron, es el reflejo de la que nace de los divinos labios de ¡Cristo resucitado!

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