domingo, 16 de abril de 2017

JUEVES  SANTO


Ya  se acercaba el momento en el que Dios iba a morir y reunió a los elegidos para anunciarles la tragedia. Entre ellos, estaba quien le iba a entregar, pero no importaba: haría un último esfuerzo por salvar su vida y su alma.
Sabía que la muerte le esperaba, que en ese traidor corazón no había lugar al arrepentimiento, pero ello sería la causa de que ese último encuentro rompiera las barreras del recuerdo y se transformara en eterno.
Uno a uno, lavó, cual siervo, los pies de sus discípulos; y bien pudo hacerlo con sus propias lágrimas, las que nacieron de su alma al pensar en ellos.
Pero era mucho el amor que anidaba en ese corazón, superior al tormento que le esperaba, por lo que rompió las barreras del tiempo, arrancó las cadenas de la efímera vida y enclaustró su Sangre y Cuerpo en la eternidad del pan y del vino.
Los amaba, nos amaba hasta tal extremo que nuestro pecado no sería suficiente para que cayéramos en su olvido.
Y los abrazó con su divina mirada mientras sus manos ofrecían su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
El podrido corazón que le traicionó no pudo resistir esa ofrenda de Amor y, humilado y malherido, tragó su propia condena.
Poco importaba que alguien traicionara a Dios, pues Él no pagaría, a los hombres, con la misma moneda; así, tal día como hoy, transformó un amargo recuerdo en ese misterio divino en el que Dios siempre estará con nosotros bajo las especies de pan y vino.
Y esas lágrimas lavatorias nacen, ahora, en mi pecho, y buscan lavar mi alma besando los pies de ese Cristo que nos dejó, para siempre su divino Cuerpo.

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