martes, 11 de abril de 2017

LA MUERTE DEL PERDÓN


Un Cristo, herido de muerte,  cruza las calles dejando una estela de pena  en quienes contemplan su cuerpo.
Un silencio de muerte se adueña de ellas; silencio que deja heridas en el alma y arranca lágrimas en  quienes en Él fijan su mirada.
El melancólico aire de la noche apenas mece las llamas de unas tímidas velas que saben que su misión, a esa hora, es la de iluminar el dolor, esa sangre que es el único ropaje que cubre a Dios.
El cielo calla, la luna se tiñe de rojo, las estrellas se visten de lágrimas, la Naturaleza hace duelo por Aquel que la creó. La Tierra entera llora.
Es Dios quien avanza en busca de una voluntariamente muerte y sus ojos, moribundos, buscan, uno a uno, esos corazones que comparten su dolor.
Sus ensangrentadas manos, abiertas y clavadas, se abren para acariciar esos incrédulos rostros que no aciertan a comprender el misterio de la muerte.
Cristo se detiene. Quiere parar el tiempo y contemplar, por última vez, a quienes le entregaron, a quienes le aman, a todas las almas.
Espontáneamente, el aire se llena de suspiros que nacen de esas gimientes almas que nunca creyeron que la muerte pudiera adueñarse del mismo Dios.
Oraciones en baja voz que quieren ser bálsamo de esas llagas, robarle el dolor y devolverle una vida que se escapa. 
Y ese divino Cristo, cautivo de su amor, abre sus divinos labios para convertir en consuelo la desesperanza de una muerte anunciada.
 Desde un balcón, una quebrada voz rasga el negro velo de la noche; y llena, de oración, el desconsolado corazón de la Naturaleza con una saeta que solo puede nacer del alma.
“¡Oh, Cristo!, a quien mis ojos ven morir, tus llagas serán mi vida, mi camino para ir al Cielo contigo.
Con  tus clavos clavaré mis pasiones para que no te hagan morir.
Arrancaré los humanos “dolores” de mi corazón y sembraré, en él, tus espinas.
Déjame, ¡oh Cristo!, tener tu cuerpo muerto entre mis brazos para saber lo que es amar.”
Y ese Cristo agonizante se arrancó el alma, se despojó de su Corazón y los entregó vestidos de Sangre y Vida a quienes quisieran compartir su dolor.
En las calles sigue quedando una estela de pena, el aire de la noche destila melancolía, el cielo calla y la Naturaleza hace duelo, pero en las almas queda una huella, la de ese Cristo indulgente que saludó a la muerte con el perdón.
Unas tímidas velas son testigos de esa noche en la que el misterio de la Muerte se vistió de Amor.
Abel de Miguel

Madrid, España

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