viernes, 7 de abril de 2017

RESUCITADOS



Se acercaban esos días en los que  el aniversario de una muerte empezaba a vestir las calles de dolor y dejaba en el ambiente un  aroma a tristeza. Sensación que se acentuaba allí donde la luz era una extraña y el silencio habitaba constantemente.
En uno de esos rincones, reservados para confidencias y secretos, asomó la sombra de un joven.
Su andar era lento, reflexivo, y al llegar allí dudó si seguir arrastrando sus pensamientos o descansar en esa penumbra, a la que solo acompañaba una tímida luz y un débil viento que parecía sugerir palabras.
Finalmente, se acomodó entre las mudas piedras y dejó que su mirada se perdiera en el oscuro aire de esa noche.
Uno de esos sentimientos que se arraigan en el alma y no la abandonan hasta verlo cumplido o comprendido debía invadirle, pues el mismo aire se detuvo, callaron los resquicios de vida y las piedras se removieron como si las hubieran dotado de corazón y experimentaran lo que es un sentimiento.
Por su alma viajaban imaginarios recuerdos de la Pasión de Dios y su corazón lo cruzaban esos ojos que un día le arrebataron la paz y que, ya, nunca pudo olvidar.
Dios y una mujer convivían en su pecho, embravecido mar que no encontraba consuelo.
Esos ojos y la divina sangre hacían que solo encontrara en los suspiros y en alguna perdida lágrima esa voz que diera a conocer su tragedia.
Pero lágrima y suspiro se fundieron en el oscuro aire de esa noche y, este, acostumbrado a escuchar confidencias, a recibir, en sus manos, besos de amantes cuando no tienen junto a ellos lo amado, testigo de ardientes promesas, de sueños vestidos de eternidad, sintió que su piel se turbó.
La etérea alma del viento, curada de emociones, descubrió un nuevo sentimiento.
Empezó a dejar, por todos aquellos rincones olvidados y melancólicos, el eco de lo que había descubierto, y allá por donde cruzaba sucedía lo mismo: las piedras se removían y la luz temblaba.
El joven, mientras tanto, sumido en ese trance en el que el dolor de Dios y unos ojos le desgarraban, empezó a concluir que ese sentimiento sería la bandera que ondeara en su pecho hasta la muerte.
Pero sintió que algo alteraba su mundo interior, que el aire abandonaba su triste aroma y que la temblorosa luz se tornó firme y segura.
Su mirada abandonó el oscuro aire y se centró en esas piedras por las que él había llegado: una sombra, tan lenta y reflexiva como la suya, se acercaba.
Era una cruz, apoyada en unos delicados hombros que, según avanzaba, aplacaba su enfurecido mar.
Ya tenía ante sus ojos la imagen de esa sombra que le estaba devolviendo la paz.
La examinó lentamente, como quien saborea la esperanza, hasta que sus ojos se cruzaron con los de quien llevaba esa feliz cruz.
¡Oh, Dios!, eran aquellos que le robaron el corazón y que estaban ligados al dolor de Dios.
La joven descansó su mirada sobre la de él y, por ese instinto divino y humano que nace de las almas y corazones que aman, supieron que ambos habían estado compartiendo la misma tragedia y suspirando por el mismo sueño.
Y por uno de esos rincones, reservados para confidencias y secretos, se alejaron sus sombras mientras un feliz aroma inundaba el oscuro aire de la noche, esa noche en la que Dios, aun recordando su muerte, quiso resucitar dos corazones y dos almas.

Abel de Miguel

Madrid, España

1 comentario:

  1. Un encuentro surgido de las sombras del dolor. Una limpia narración que invita a seguir leyendo. Besos!!

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