domingo, 16 de abril de 2017

SÁBADO  SANTO

La imagen puede contener: una o varias personas, noche y fuego

Han  pasado dos días y los corazones tiemblan, las almas dudan y las miradas se fijan en ese suelo que fue, de Cristo, sepultura. 
El  tiempo pasa lento, tan lento que las divinas promesas quedan lejos, rayando el horizonte en el que se funden el deseo y el olvido.
Apenas han sido unas horas, pero es tan intensa la ausencia, que se convierte en dagas, capaces de desgarrar la fe y la esperanza.
Mendigan Su presencia, sienten sed de Sus palabras, los ojos añoran Su mirada y sienten Su vacío como amante al que roban el amor de su amada.
Pero si lo amado y perdido es el mismo Dios, ¿a quién recurrir para que llene ese vacío?
Luchan para no sentirse vencidos y, de vez en cuando, una de esas almas cuya fe impide que muera la memoria, recuerda lo que Él dijo: "...y al tercer día, resucitaré de entre los muertos"'.
Son , esas palabras, tibias llamas que, apenas, avivan un fuego que aún sIente el frío que le dejó la muerte.
Según se precipita el día, asoma y crece esa tensión en la que el miedo a que no se cumpla lo deseado lucha contra esa invencible esperanza que ha echado raíces en el alma.
Y llegará la noche que anuncia el tercer día.
¡Qué eterna se hace esta espera y, a la vez, qué gozosa!
Porque, ya, una clara luna, un plácido aire y una noche en calma intuyen que vuelve la Vida que les robó Su muerte.
Y esas almas y corazones que sentían frío, notan cómo esas tibias llamas se van apoderando de su pecho y van llenando su vacío hasta hacerles sentirse como ese amante que recupera el amor de lo amado.

Y la noche permanece en vela, en tensa y feliz espera de ese momento que borrará los miedos y las dudas de aquellos que soñaron que, un día, volvería su Amado.

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