martes, 30 de mayo de 2017

COMO SI FUERA ETERNO


Sigilosa, no queriendo despertarla,  la gota se deslizaba suavemente sobre una blanca flor que dormía bajo esa piel  de ébano que formaba la noche.
Y eran las nocturnas sombras las que hacían, de ese paisaje, un hermoso traje negro de gala del que nacían débiles pliegues cuando el viento lo acariciaba; no siendo bastante tanta belleza, las estrellas dejaban suspiros, destellos de nácar que salpicaban de luz el oscuro vestido.
Y en medio de ese divino vestuario con el que se engalanó la Naturaleza, entre ese ropaje divino, en el centro de ese engalanado pecho, latían los corazones de la flor y del agua.
Tan lentamente se movía la gota, que parecía no importarle el tiempo. No temía que la noche se acabara, que el alba rasgara ese maravilloso vestido  y rompiera el sueño de su amada flor.
Tal vez pensara que ese momento único debía saborearlo hasta perpetuarlo en su alma.
Sí, lo bello no puede estar sometido al miedo de perderlo; lo bello hay que disfrutarlo como si fuera eterno, y así lo hacía esa gota de agua que pareció encontrar, en esa suave piel, el paraíso soñado cuando nació del cielo, el ideal que la ocupaba mientras cruzaba el aire, el sueño con el que se ilusionan todas esas prisioneras gotas que esperan, en las manos de su madre, la lluvia, ser liberadas.
Y mientras la gota amaba, la flor, quieta y silente, debía vivir el mismo sueño de sentirse amada.
Sus pétalos enmudecían cuando sentían el débil roce, se agitaban tímidamente, como quien siente, al recordar una emoción, que esa misma sensación le invade de nuevo.
¿Quién, cuando los bellos recuerdos han asaltado el corazón, no ha cerrado los ojos para sentirlos más presentes, vivos y cerca?
Pues así lo hizo la hoja.
 Se dejó llevar por el silencio, cerró los sentidos al mundo y desnudó sus sentimientos para ofrecerlos, tal cual, a esa pequeña gota, la única que estaba dispuesta a amar. 
Y mientras la fresca brisa de la noche los bendecía con sus etéreos besos, mientras las estrellas coronaban de luz el encuentro de esas almas, flor y agua seguían bebiendo de ese sueño en el que se encontraban.
Poco importa el final, si la gota acabó muriendo sobre la piel de su amada, o si, tras besarla, se despidió vestida de lágrima llevándose, a la tierra, su secreto.
Solo queda el maravilloso recuerdo de lo bello, y lo bello no está sometido al tiempo.
Lo bello se disfruta como si fuera eterno.

Abel de Miguel
Madrid, España


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