viernes, 12 de mayo de 2017

LLEGARÁ


¿Fue el cielo quien te lo dijo?
 No pudo ser otro quien te revelara  esos secretos que escondía tu alma, aquellos que te encargaste de guardar en el  olvido, hasta  que ese día, a esa hora, alguien los desempolvó.
Sí, siempre estuviste herida por ese sentimiento, pero no quisiste conocerlo o, tal vez, no quisiste recordarlo porque hacerlo sería despertar el miedo a perderlo o no alcanzarlo.
Y enclaustraste tu corazón en una jaula de inofensivos sueños vestidos de inocentes luces: un agradable paseo en un día de otoño en el que las hojas y el silencio aliviaban tus deseos, una placentera lectura mientras una canción te hacía sentirte acompañada, una contemplativa mirada perdiéndose entre la lluvia, que te hacía sentirte amante de la naturaleza, pero eran sueños incorpóreos, sin rostros a los que dirigir esos besos que encarcelaste en tu corazón por miedo a que nadie los recogiera.
Y tanto tiempo estuvieron presos esos besos, suspiros, sueños y deseos, que los transformastes en  esas bellas hojas de otoño que acompañaban tus paseos; es decir, en una volátil felicidad que tan pronto prendía en tu alma, se apagaba.
Engañabas a tu corazón con fugaces luces, creías que eso era suficiente para alcanzar la felicidad soñada, pero llegó el momento en el que te diste cuenta de que ese castillo estaba construido en el aire. Solo era cuestión de tiempo.
Y esa mirada que antes se perdía en el vacío, que no quería encontrarse con otros ojos que la pudieran sacar de su cárcel, ahora no deja de buscar, en el cielo, en la oscuridad, en el silencio, en tu propio sueño, ese nombre, esos ojos, esa persona, que ha sido capaz de arrancar las malas hierbas de tu miedo.
Y aunque sigue planeando en tu pecho la sombra del recuerdo, no puedes evitar que, a su vez, unas blancas alas sobrevuelen tu corazón y dejen, en él, la invisible sombra del amor.
No temas. Deja que tus ojos se pierdan en ese maravilloso túnel y descubre, recupera, todas esas emociones que diste por perdidas, que creíste que murieron, pero que te esperan.
Y sigue oyendo esa música que alivia tu corazón, sigue paseando entre esas moribundas y poéticas hojas, acompaña a la lluvia en su viaje, pero hazlo del brazo de ese nombre, de esos ojos, de esa persona que, felizmente, te ha herido, de amor, el alma.
Y mira, agradecida, al cielo, porque solo pudo ser él quien te revelara esos secretos que escondía tu alma, aquellos que tú te encargaste de guardar en el olvido, hasta  que ese día, a esa hora, alguien los desempolvó.
Solo era cuestión de tiempo.

Abel de Miguel

Madrid, España

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