martes, 2 de mayo de 2017

NACIERON PARA ENCONTRARSE



Déjame que robe unas horas a la  noche, al alba, a ese momento en el que la vida te habla en el silencio.
Como aves migratorias que buscan un destino mejor, el pasado viaja por esta pausa que la Naturaleza brinda y dibuja escenas que dejan una sonrisa, aun cuando la vida las ofreció envuelta en espinas.
Pero, de entre ellas, y no sé por qué, revive una, como columna de fuego que avanza dejando el calor de un maravilloso recuerdo.
Sucedió en uno de esos parques cuyos árboles y aguas alimentan, de sueños, los paseos.
Los ojos de una joven, enferma de ese mal, dejaban, en el lago, un sinfín de pensamientos.
Su  mano mecía las cristalinas aguas, que eran un alma en medio del parque, y las pequeñas ondas buscaban las orillas como suspiros que buscan el corazón que desean, hasta que las perdía de vista.
Pero esos sueños que flotaban en el lago llegaron a tierra, a un punto donde los esperaba otra mano que también las invitaba a viajar con sus propios sentimientos.
Las ondas surcaban esa piel, provistas de corazón y alma, heredadas de esos amantes que soñaban.
Así, sin ellos saberlo, iban y venían al mismo punto de donde nacían mientras ellos escribían en el agua sus deseos y se intercambiaban mudos versos, esos que se escriben en la noche sin esperar que nadie los lea.
¡Quién les iba a decir que ese día, uno más para ellos, el amor les había citado!  Una cita ignorada; como los caminos del corazón, que nacen cuando más se desean y menos se esperan.
Ese intercambio de deseos, de latidos, de sueños, de suspiros, se fue adueñando de esos enamorados corazones y hasta el agua se sintió herida y hechizada por ese mágico mundo que anidaba en el pecho de los jóvenes.
Llegó el momento en el que la joven detuvo su mano, dejó de inspirar nuevas olas y su mirada, esa que dictaba los versos al agua, dejó de dictar emociones al ver una ola vestida de fuego.
Bien sabía lo que simbolizaba. Alguien sufría sus mismos deseos, alguien buscaba sus mismos sueños.
Por el otro lado, al joven le sucedió algo parecido.
Una ola carmesí se  acercó a su engendradora mano y, al rozarla, se vistió de labios para darle un beso.
¿Qué más quedaba por revelar?
Sus secretos habían quedado al descubierto, habían sido desnudados por esa mágica agua que nació, en medio del parque, como si fuera un alma.
Ya solo quedaba que cada cual siguiera el curso de esas olas, ver hasta dónde viajaban, para que sus sueños tomaran forma y se hicieran mortales esos pensamientos que dejaron grabados en el agua.
Y así sucedió.
Mientras, sigo robando horas a la noche, al alba, a ese momento en el que la vida te ofrece recuerdos que dibujan una sonrisa, como el de esas ondas que nacieron para encontrarse.

Abel de Miguel
Madrid, España


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