viernes, 26 de mayo de 2017

¿QUIÉN FUE?


La noche empezaba a dejar sus  sombras en los cristales, ya se respiraba ese místico aire que nace de su  silencio, cuando asomó el primer plumaje de las reflexiones, esos pensamientos que esperan la muerte del día para tomar vida al abrigo de esa paz.
Esas, en principio, escasas plumas se alimentaban de un solo recuerdo, el tuyo, pero tan variado e intenso que acabaron siendo hermosas alas ansiosas de volar a tu encuentro.
No quería dejar escapar estas sensaciones que empezaban a nacer y que me llevaban a ti, por lo que quise adentrarme en ellas e inmortalizarlas; para ello, grabé estos pensamientos, como si fueran poemas, en los ojos de la luna y pinté, en su propia alma, mis emociones.
Y el primer verso que nació de este roce de almas fue tu nombre. Al instante, se abrió camino entre el oscuro aire, limpió sus restos de tristeza e inundó de felicidad todo aquello cuanto rozaba; después, como blanca lágrima de mármol esculpida en las espaldas azabache de la noche, mi recuerdo pintó, en ese oscuro lienzo, tu rostro, que bien pudiera ser el retrato de la misma luna.
Ya te contemplaba tan real como las estrellas, ya se había obrado el milagro de que tu recuerdo fuera cuerpo ante mis ojos,  ya solo quedaba coronar ese milagro, por lo que nació, de mis entregados labios,  ese sentimiento libre e impulsivo que es el beso, un beso que era, a la vez, verso y pintura.
Dejé que se perdiera, pues tenía el convencimiento de que te encontraría.
Nada más  nacer, lo imaginé volando hacia ti, rozando las estrellas, vistiéndose de paloma mensajera que te haría llegar esos cuadros y poemas que tu recuerdo estaba pariendo en mi corazón.
Sí, era una de esas locuras que solo es capaz de crear la desbordante imaginación del amor. Era un sueño, uno de esos bonitos sueños que hacen que alguien se sienta elegido, y tan afortunado me sentía, que cerré los ojos para saborear ese mágico mundo que nacía de tu recuerdo.
No recuerdo el tiempo que estuve así, pero en ese trance se produjo otro milagro.
Ese  fugitivo beso que huyó de mis labios debió cruzarse con aquel que parieron los tuyos.
Alguien debió escribir, en el rostro de la luna, otros poemas; alguien debió pintar, en su alma, las mismas emociones; alguien, a esa hora, estaba compartiendo esos mismos sentimientos.
¿Por qué lo sé?
Abrí los ojos para asegurarme de que no era un sueño y en esos cristales que ya eran presos de la noche se habían dibujado unos labios, vestidos de beso, que enmarcaban mi nombre.
¿Quién te reveló que yo estaba viviendo ese íntimo momento? ¿También tú te preguntas lo mismo?
Pudo ser ese aire, en cuyas manos pusimos los besos, quien quiso acercarlos para que no nos sintiéramos lejos; o, acaso, fue la luna quien te recitó esos poemas que grabé en sus ojos.
Un solo recuerdo inunda esta mágica noche: el eco de tu nombre bailando entre las estrellas y tu rostro, como blanca lágrima de mármol, usurpando, a la luna, su puesto.

Abel de Miguel

Madrid, España

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