viernes, 5 de mayo de 2017

Una MADRE es….


Esa blanca estrella que hace vela  en el cielo cuando las demás se ocultan, la que desafía a la noche con  la inmortal luz de su alma y el fuego de su  corazón.
La voz que, por sí sola, es capaz de adentrarse en los más secretos rincones de quien la escucha y ahuyentar los temores que los ocupan, despertar ese amor dormido y resucitar esa esperanza que murió en el olvido.
El último aliento de vida al que se aferra un hijo cuando siente que todo se ha perdido.
Una madre es esa lágrima que Dios dejó escapar de sus divinos ojos porque, al crearla, Él mismo se sintió hijo.
Es ese refugio inexpugnable en el que la Humanidad encuentra un motivo para seguir soñando, para seguir creyendo que, en este mundo, siempre habrá alguien que te ama.
Es ese milagro que a los mismos ángeles confunde, pues ante su corazón se arrodillan pensando que es un sagrario.
La madre es la única persona que vive del aire que respiran aquellos a quien ama.
No sueña porque no tiene tiempo; cada segundo que vive es un desvelo, un suspiro, un temor, una alegría, un sentimiento pleno por aquellos que Dios puso en su vida.
Sí, una madre no sueña porque ella es la fuente de quien nacen los sueños.
Y aunque siempre será un misterio, para el resto de los mortales, conocer con qué materia Dios forjó el `pecho materno o qué divinos sentimientos crearon su alma, quiero pensar, lo creo, que el corazón de una madre nació cuando Dios dejó en ella un beso, y que su alma es ese rincón en el que Dios reservó sus más intensos pensamientos sobre el amor.
Pero esto solo son palabras, pobres medios para abarcar el inmenso amor que se siente cuando se pronuncia la palabra “madre”.
Solo si nos adentráramos en su divino mundo seríamos capaces de entender por qué su corazón no tiene límites, por qué en el pecho de una madre no existen los horizontes, por qué una madre es capaz de hacer que nuestros ojos miren al cielo cuando pensamos en ella.

Abel de Miguel
Madrid, España


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