jueves, 29 de junio de 2017

ENVUELTA EN SUEÑOS



De entre esas piedras, a las que el  tiempo vistió de nostalgia, salió un leve suspiro que sonaba a alma escondida.
Su etérea voz viajaba entre las paredes, como si fuera hablando una a una, y la sala se llenó de tal místico eco, de tal embriagador recogimiento, que cualquier alma pediría ser liberada.
Seguí con la mirada ese suspiro, esa voz que sabe Dios cuántos años haría que nadie le hablaba.
Lentamente se fue apagando, callándose, como si hubiera encontrado el lugar donde descansar, hasta que, definitivamente, enmudeció.
Mis ojos se fijaron en ese punto, de un claustro deshabitado y olvidado, donde ella se detuvo.
 Allí, al fondo de un estrecho pasillo escoltado por paredes que solo conocían el invierno, surgía un busto que dormiría eternamente entre sombras si un tibio rayo de luz no hubiera osado atravesar los estrechos vanos de unos muros que parecían hechos para guardar secretos.
Arrebatado por la invisible atracción por lo desconocido, me dirigí hacia ese punto cruzando el pétreo suelo. El seco ruido de cada pisada sugería una cuenta atrás hacia un momento único: el encuentro con esa figura que parecía haber nacido de la nada.
Si no fuera porque el corazón se aceleraba y una extraña mezcla de ilusión y temor se mezclaba en mi alma, pensaría que vivía uno de esos sueños en los que la fantasía se viste de realidad.
Y como si esas milenarias piedras hubieran recuperado la vida, como si el espacio que lo invadía hubiera salido de su letargo, según me acercaba el aire se puso nervioso, ¿tal vez se emocionó?, y empezó a arremolinarse en torno al busto que parecía cobrar vida.
El mismo aire la agasajaba levantando, suavemente, el velo que cubría su rostro mientras dibujaba frágiles pliegues en la marmórea túnica que la cubría.
¡Qué maravilla! Era como si la luna bailara sobre un mar de olas de nieve.
Todo invitaba a escribir, en esa virgen piedra, poemas que nacieran del alma, pero de un alma que fuera tan pura como el aire que la envolvía y  llegó el momento en el que mis ojos contemplaron ese busto que, por su inmaculada belleza, solo podía haber salido de las manos de Dios.
El aire sostuvo, en alto, el velo dejando al descubierto su rostro; escondía sus ojos tras unos párpados que se cerraban como cortina de nubes que escolta el sueño y el silencio de la luna. Intenté atravesar ese fina línea de sueños que separaba su mundo del mío, adentrarme en esa bendita cueva y descubrir sus pensamientos, pero ella permanecía silente y pensativa.
Tan preso de  la locura, como de la emoción, como de un indefinible sentimiento que se acercaba al amor, empecé a hablarla.  ¿De qué?
De lo que saliera del corazón, de esos sentimientos que se entregan a cambio de nada, de palabras que la vida reservó para esos momentos en los que el pecho solo ama.
En el fragor de esas emociones, alterado por ese milagro, pronuncié el nombre de la mujer a la que amaba y el aire se detuvo dejando el velo suspendido en el aire como perfecto arco que enmarcaba el milagroso busto.
Creí ver que una media sonrisa se dibujaba en sus eternos labios y que el suspiro que se apoderó de ella tomó la palabra:
No soy un sueño. Vivo dentro de ti. Soy ese nombre que tu corazón ha dejado escapar.
Allá donde vayas, allá donde te encuentres, en cada instante que me recuerdes, cuando sienta que tu alma me llama, me haré presente.
Tu imaginación me vestirá de blanco busto, de primavera, de música,…;  me verás revestida con esa belleza que tu corazón quiera soñar o imaginar, pero aunque me envuelvas en fantasías, lo importante es que ellas  nacen de un amor que es real y verdadero.”
Y cada día vivo una de estas locuras en las que  los sueños se visten de realidad, en las que los milagros adquieren forma y toman la palabra: tu rostro y tu nombre.

Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 24 de junio de 2017

NUESTRAS MANOS



Y ella abrió la mano como hierba  que se tiende para ser acariciada por el viento; esa soñada mano en la que  tantos besos, aunque fuera en sueños, dejaron mis labios; la que tan profundamente se grabó en mi alma como objeto de deseo consiguiendo que, rayando la locura, sintiera su roce en mis solitarios paseos.
Siempre pensé si el tiempo pasaría igual de lento cuando llegara ese día, dudé si el cielo sería igual cuando viviera ese sueño, si mis ojos descubrirían nuevos colores, si el aire tendría un aroma distinto, si la misma tierra que piso sería una ficción y surgiría un mundo nuevo, si….
Todas estas irracionales ideas surgían cuando soñaba que su mano y la mía se cogían.
Ahora, ella me la ofrecía como quien te entrega su ser, como quien te abre el alma y te pide que la habites, como si, ¡oh Dios!, ese lejano milagro se hiciera real y se adentrara para llenar tu vida.
No podía creer que ese momento que me robó la paz, que me turbó el corazón, que me hizo rozar  el cielo cuando la sentía mía, o el infierno cuando la veía lejana, ahora pudiera contemplarlo con esos mismos ojos que lloraron por no tenerlo.
Temeroso porque fuera una burla de un corazón enfermo, dubitativo porque no podía creer que el cielo me abriera sus puertas, emocionado por tener ese sueño tan cerca, acerqué, lentamente, la mía hasta que se juntaron.
En ese momento sucedió lo mismo que ahora mientras escribo: el corazón ordenó a las emociones que asaltaran el alma, el alma liberó a los sentimientos, y los sentimientos se rindieron asomándose a los ojos, vestidos de lágrimas.
Aún, al recordar el roce de su mano, los latidos se visten de salvajes caballos que dejan la imborrable huella de la felicidad allá por donde viajan.
Pero sé que cuando todo se calme, quedará el suave reposo de esas emociones que siempre dejarán una pequeña brasa para que ese momento no se olvide.
Tranquilo, sereno, reviviendo esos segundos, aflora una sonrisa como expresión de ese recuerdo y  emerge la tranquila imagen de tu mano abriéndose como pétalo que busca una gota de agua.
Sobre tus dedos descansan los míos como olas que buscan la amada patria del mar, ese mar en calma que es tu mano y la mía.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 22 de junio de 2017

MOMENTOS ELEGIDOS



Siempre hay un momento que, sin  saber por qué, recordarlo supone que viajemos a esa hora en la que nuestro  corazón conoció el alma de la felicidad.
Tan especial, que es capaz de detener el pensamiento, de que se recree en ese instante como si fuera el día en el que empezamos a vivir o, mejor dicho, como si fuera el único vivido, y de que todo el ser resucite esas sensaciones, capaces de que las débiles cuerdas del corazón vibren, de que  los latidos se transformen en voces que sugieren un nombre, de que los deseos sean sueños que se pueden tocar.
Son escasas ocasiones, elegidas gotas de agua en medio del páramo de la vida, aislados golpes de emoción que hacen que demos gracias por ser débiles mortales, sensibles hojas que tiemblan cuando se sienten queridas aunque sea  por el débil viento de un simple beso, la fugaz emoción de una canción que ha atrapado el alma o el deslumbrante destello de un paisaje que es capaz de grabar en nuestra mente, y para siempre, la sensación de haber contemplado lo eterno.
Pero si hubo un día en el que todas estas sensaciones se aunaron y decidieron habitar juntas en un pecho, ese, fue aquel en el que….
Una luz plateada salpicaba las tranquilas aguas de un mar que dormía.
Una noche en la que la brisa se limitaba a peinar pequeñas olas dejando, en el aire, su agradable eco.
Desde la cubierta de ese barco, mudo espectador de su entorno, la mirada absorbía todos esos sentimientos que flotaban en el aire y era el alma quien los devolvía envueltos en suspiros, en emocionadas lágrimas o dejaba que descansaran en una erizada piel, incapaz de ocultar esas emociones.
¿Quién dijo que el cielo era inaccesible, que era imposible oír sus voces, que los ojos de la luna eran fruto de nuestra imaginación o que Dios era invisible?
Era tal el silencio, que todo era espíritu que invadía hasta los más tímidos rincones en los que se esconden esos sueños que no se atreven a nacer.
Y el corazón desveló ese secreto nombre de mujer, el alma habló con Dios como nunca lo había hecho, la mirada traspasó el invisible horizonte hasta perderse en mundos que el cuerpo no alcanza,  los labios musitaban, casi inconscientes, palabras de agradecimiento y amor,….
Todo era tan humano y divino que el leve roce de las olas con el barco parecían las voces de aquellos que, un día, le confesaron al  mar sus amores.
Todo era tan especial, que sentí el alma fuera de mi cuerpo.
Y ahora, al recordar ese momento, detengo el pensamiento, las débiles cuerdas del corazón sugieren ese mismo nombre, puedo tocar ese sueño y una luz plateada, unas tranquilas aguas y un místico aire me recuerdan que llegué a contemplar lo eterno.

sábado, 17 de junio de 2017

A QUIEN SE SIENTA HERIDO


Dime si fue ese beso, el que nació  cuando un mar preñado de olas dejó nuestros corazones cautivos entre sus aguas  y rendidos a su bello eco, el que ha incendiado el aire, el que ha pintado el cielo de fuego, el que ha conseguido que la tierra gima y que sus suspiros sean llamas.
Jamás pensé que ese amor que nació de  nuestros labios, a la vera del mar, alcanzara a trastocar las emociones de un cielo que sabe lo que es amar.
Toda la naturaleza suplica una lágrima de agua, una sola, que alivie su sed y le permita volver a soñar con esos momentos en los que ella y la lluvia, también, se besaban.
Hasta el mismo viento se niega a recitar esos versos de aire fresco que rejuvenecen los sueños y escriben en el corazón otros nuevos, y, en su lugar, cubre la tierra con una tórrida capa que recuerda ese dolor que sufría cuando, preso en sus cuevas, no podía surcar el cielo.
¿Acaso, un celoso sol se ha sentido herido porque nunca le han besado unos labios tan puros como los nuestros?
¿No le basta que la luna se sienta viuda, que siembre de lamentos la noche, lamentos que llenan de oraciones a las almas y a los corazones, de suspiros?
Si es su dolor la causa de este infierno, bastaría una palabra, una mirada o  un gesto para que en su ígneo pecho naciera  un alivio a su desconsuelo.
Si supiera lo que le ama la luna, se dibujarían en sus ojos el brillo de un sueño y sus llamas serían lágrimas que saciarían la sed de la tierra.
Sol, mira cómo, inspirados por el mar, nuestros labios se abrieron para dejar, en sus aguas, el sello de un beso; haz tú lo mismo y permite que en los tuyos florezcan los débiles pétalos de una sonrisa, que serán suficientes para anestesiar este sufrimiento y sembrar la esperanza.
Rinde tu cabeza, inclina tu mirada y busca en las profundidades del mar esas estelas de plata que se dibujan por la noche. Son los versos que escribe la luna cada vez que te recuerda.
¡Ojalá las encuentres!, y también ese beso perdido que nuestros labios dejaron en el agua.
Cuando lo hagas, siéntete amado hasta que tu alma quede blanqueada por la luz de ese nuevo sentimiento y repiquen, en ella, los ecos de un Aleluya.
Y cuando el sol, igual que cada uno de nosotros, sienta que lo aman, mudará su dolido corazón, sus flechas de fuego, sus deseos de revancha en emocionadas lágrimas de agua y cálidos besos que devuelvan la vida y la paz a esta tierra que suplica.
Bien sabe Dios cuánto bien podemos hacer cada vez que un gesto, una palabra o una mirada nos nacen del corazón y buscan a quien lo necesita, a quien se sienta herido

Abel de Miguel

Madrid, España

lunes, 12 de junio de 2017

SILENCIOS ROTOS


¡Cuántos silencios podrían romperse con un simple suspiro!, esa tímida voz que nace del corazón y se viste de aire.
Bastaría que su etéreo eco rozara los umbrales de un alma, para que  se incendiara de amor su mirada y sus labios liberaran ese reprimido beso que no encontraba un motivo para huir de ellos.
Y aunque suspiro y beso nazcan envueltos en el silencio, aunque sean  sentimientos que se recluyen en el pequeño mundo de quien los ha engendrado, aunque sean anónimas emociones que no buscan protagonismo, sin embargo, son capaces de herir el alma de ese mismo cielo que cruzan, de turbar el rostro nacarado de la luna y de sembrar la tregua en el enfrentado corazón de la  tierra que sobrevuelan.
Nadie, ni quien suspira ni quien besa, alteraría la muda quietud que impera en el silente reino de la noche, ni quebrantaría el sereno descanso del mar,  ni perturbaría el pacífico sueño de sus aguas, solo dejarían nacer esos mudos sentimientos, pero serían suficientes para que vibren los invisibles hilos que sustentan el corazón de la Naturaleza.
Serían, así, innumerables los momentos en los que hemos sentido cómo una agradable brisa cruzaba nuestros pechos cada vez que un suspiro y un beso nacen en secreto.
No me pidas que lo explique, no intentes entenderlo, solo vive ese instante pensando que dos amantes acaban de encontrar su cielo. 
Solo así entenderás por qué, en ocasiones, el arrebol de un atardecer te hace pensar en un corazón encendido; por qué el vaivén de una rama ante el suave impulso del viento te recuerda tu último beso; por qué una blanca luna, una noche en calma, resucita tus más maravillosos sueños y no sugiere miedo.
Si alguna vez has sentido esto,  es porque en el secreto mundo de un corazón y en los rincones de un alma ha nacido un suspiro, suspiro que ha engendrado​ un beso y, ambos, han sido capaces de  teñir de emociones, de romper,  nuestros silencios.

Abel de Miguel

Madrid, España