jueves, 22 de junio de 2017

MOMENTOS ELEGIDOS



Siempre hay un momento que, sin  saber por qué, recordarlo supone que viajemos a esa hora en la que nuestro  corazón conoció el alma de la felicidad.
Tan especial, que es capaz de detener el pensamiento, de que se recree en ese instante como si fuera el día en el que empezamos a vivir o, mejor dicho, como si fuera el único vivido, y de que todo el ser resucite esas sensaciones, capaces de que las débiles cuerdas del corazón vibren, de que  los latidos se transformen en voces que sugieren un nombre, de que los deseos sean sueños que se pueden tocar.
Son escasas ocasiones, elegidas gotas de agua en medio del páramo de la vida, aislados golpes de emoción que hacen que demos gracias por ser débiles mortales, sensibles hojas que tiemblan cuando se sienten queridas aunque sea  por el débil viento de un simple beso, la fugaz emoción de una canción que ha atrapado el alma o el deslumbrante destello de un paisaje que es capaz de grabar en nuestra mente, y para siempre, la sensación de haber contemplado lo eterno.
Pero si hubo un día en el que todas estas sensaciones se aunaron y decidieron habitar juntas en un pecho, ese, fue aquel en el que….
Una luz plateada salpicaba las tranquilas aguas de un mar que dormía.
Una noche en la que la brisa se limitaba a peinar pequeñas olas dejando, en el aire, su agradable eco.
Desde la cubierta de ese barco, mudo espectador de su entorno, la mirada absorbía todos esos sentimientos que flotaban en el aire y era el alma quien los devolvía envueltos en suspiros, en emocionadas lágrimas o dejaba que descansaran en una erizada piel, incapaz de ocultar esas emociones.
¿Quién dijo que el cielo era inaccesible, que era imposible oír sus voces, que los ojos de la luna eran fruto de nuestra imaginación o que Dios era invisible?
Era tal el silencio, que todo era espíritu que invadía hasta los más tímidos rincones en los que se esconden esos sueños que no se atreven a nacer.
Y el corazón desveló ese secreto nombre de mujer, el alma habló con Dios como nunca lo había hecho, la mirada traspasó el invisible horizonte hasta perderse en mundos que el cuerpo no alcanza,  los labios musitaban, casi inconscientes, palabras de agradecimiento y amor,….
Todo era tan humano y divino que el leve roce de las olas con el barco parecían las voces de aquellos que, un día, le confesaron al  mar sus amores.
Todo era tan especial, que sentí el alma fuera de mi cuerpo.
Y ahora, al recordar ese momento, detengo el pensamiento, las débiles cuerdas del corazón sugieren ese mismo nombre, puedo tocar ese sueño y una luz plateada, unas tranquilas aguas y un místico aire me recuerdan que llegué a contemplar lo eterno.

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