lunes, 31 de julio de 2017

SUSPIROS DE IDA Y VUELTA




Aires de silencio recorrían los  trigales dejando, entre sus espigas, cómplices suspiros, secretos mensajes que alguien les quiso hacer llegar.
Tan instantánea como la emoción que nace al recibir un beso, así, ese mar de oro cobraba vida y se transformaba en una  hermosa marea cada vez que el aire mensajero lo rozaba.
Emocionado, alterado, como si le hubieran tocado el corazón, el trigal entero temblaba y de cada espiga nacía un nuevo suspiro.
¿Nacía o resucitaba?
Sí, daba la sensación de que  ese lugar ya había vivido esas emociones, de que sus espigas ya habían escuchado el eco de un te quiero o de que alguien, un día, dejó flotando sobre ellas una historia de amor.
Y reconocieron en la débil voz del aire la de esa persona  que les recitó sus sueños y poemas, esa voz que encontró, en la soledad de ese áureo escenario, el lugar idóneo donde descansaran sus confesiones.
Pero, ¿por qué dejó allí su alma?, ¿por qué enterró, para siempre, allí, su corazón y dejó que resucitara?, ¿por qué el viento volvía a ese lugar y despertaba emociones antiguas?, o ¿tal vez, no murieron y seguían vivas?
El aire detuvo sus suspiros y todas las espigas,  seducidas y embrujadas por uno mayor,  levantaron sus finas cabezas, intuyendo la presencia de  aquel que les descubrió el amor,  y miraron hacia la cima de un pequeño cerro que se levantaba en los umbrales donde moría ese campo de luz y oro.
Ambos, cerro y trigal, compartían sus miradas durante el día, sus sueños en la noche, eran almas desnudas, sin temor ni vergüenza, en las que dormían, tras sus terrosas y granuladas pieles, las confidencias que dejaban los enamorados.
Así, cerro y trigal eran depositarios de los mismos sueños y suspiros que liberaban los amantes que los visitaban, el aire los escondía bajo sus invisibles brazos y viajaban  desde la cima al llano en un corto trayecto de ida y vuelta que inundaba el aire de etéreos versos.
De esta manera, ese cielo que se interponía entre ellos se convertía en un hermoso libro de azules páginas en las que quedaban grabados los más sinceros e íntimos sentimientos.
Pero llegó el momento en el que se cruzaron en el aire tus sueños con los míos. Llegó el día en el que el cerro dejó en los trigales los pensamientos que tú hiciste nacer en mi pecho y  que yo sembré en su cima mientras los trigales le respondían con los que tú, al pensar en mí, dejaste entre ellos.
Fue, en ese instante, cuando ese mar dorado y en calma se transformó en marea al sentir el roce de nuestros suspiros, cuando se removieron las entrañas del cerro como corazón que vuelve a amar, cuando el aire tiñó de sueños eternos ese cielo que los separaba,…cuando cerro y trigal sintieron que  dejamos enterrados, en ellos y para siempre, nuestro corazón y nuestra alma.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 21 de julio de 2017

HACIA LA CIMA DE TUS OJOS


Déjame  que te idealice, que te encumbre a esa sagrada cima que sueña coronar quien  tiene el amor por bandera y la felicidad, por destino.
Déjame que cada palabra, sonido, imagen, cada hilo de vida que lleve el sello de una emoción que nace del pecho, me despierte la esperanza y me impulse hacia esa sagrada cumbre en la que tus ojos me esperan.
Y poco importa que tropiece en esa ascensión, que haya un tiempo en el que impere tu silencio, que unas negras nubes me priven de contemplar esa primeriza luz que me trae el recuerdo de tu alma.
Sea lo que sea quien se interponga en mi ascensión, superando los inevitables obstáculos que debe vencer un corazón, nunca dejaré mi ilusión tendida en el suelo como pañuelo que ondea pidiendo la rendición.
Al revés, cuando el cielo se empeñe en llenar de lágrimas la tierra, cuando la noche me vete sus sonidos y secuestre el hechizo de la luna, cuando sienta que uno de mis sueños no es capaz de despertar tu dormido pecho y hallar, en él, cobijo, cuando el mar acalle el espíritu de las olas y no me devuelva el eco de esos pensamientos que enterré bajo sus aguas, cuando suceda todo eso, pensaré que esa lluvia que vela a la tierra es una cortina de felices lágrimas que no encontraron espacio entre el amor que inundaba tu corazón; o que el silencio de la luna es debido a que ha sido víctima de nuestro amor y ha preferido saborearlo en secreto; o que el mar no me niega sus sentimientos, sino que las olas, heridas por el nuestro, se han quedado pensativas y enamoradas.
Y tanto sueño, tanto deseo coronar esta aventura en la que  mi guía y mi meta son tus ojos, tan cerca los he sentido, que ya no sé si vivo en ellos o siguen siendo espíritu.
Hasta tengo temor de que una vez habite en tu mirada, lo que pueda sentir no sea más bello que lo que ahora siento mientras lo sueño.
Sobre las olas de tus labios flotaban mis sueños vestidos de besos, pero ante el destello azul de tu mirada,  se apresuraron al balcón de su cielo y, cambiándose de ropaje, se vistieron de privilegio por poder contemplar, de cerca, el mar de tus ojos.
Ya he alcanzado esa deseada cima, ya veo la vida con el color de tu mirada, ya nacen aquellas voces que nunca se atrevieron a salir del alma, pero que en el refugio de tus vestales ojos han encontrado la paz que necesitaban.
Y ahora, una vez que el alma de tu mirada se ha hecho tangible y saboreo sus tesoros, puedo decir que las maravillas que el corazón imaginó se quedaron cortas
Solo puedo dar gracias a la vida por permitir que ese amor que llevaba por bandera, haya podido tomar posesión en el azul paraíso de tus ojos.

Abel de Miguel

Madrid, España

miércoles, 19 de julio de 2017

EL CORAZÓN DE LA NATURALEZA


Hubo un tiempo en el que los suspiros no existían porque no había necesidad de deseo.
El mar no bramaba, porque el aire dejaba sobre él los pensamientos de la tierra.
Los árboles no gemían,  porque siempre había un sueño perdido que rozaba sus ramas.
El aire destilaba felices presagios, porque allá por donde cruzaba respiraba esas emociones que alimentan la vida.
Todo era bienestar hasta que una nota de esa música que cubría la creación decidió emprender anárquico vuelo: quería saber si esa felicidad era común a toda la existencia.
Y se fue abriendo camino entre corrientes de aire cargadas de sueños, de suspiros, de ilusiones quebradas o por cumplirse, pero ella, sin alterar su vuelo, iba dejando la estela de esa música que había mamado, de su mensaje de paz reconciliadora, de un amor que solo nace del fondo del alma.
Cruzó estepas solitarias, donde anidan pensamientos que no encontraron eco, corazones a los que la vida quebró su sueño, pero, incluso en ese adverso terreno, ese hilo de música fue capaz de devolverles la paz o de dejar un reflejo de luz en medio de su oscuridad.
Atravesó vergeles, fuentes, lugares en los que la piel de esa tierra estaba bendecida, en los que los corazones solo conocían la sonrisa; sin embargo, la nota se vistió de ángel y encontró una misión.
Sus alas rozaron cada una de esas almas henchidas de mortal gloria y les hizo sentir un amor que rozaba cotas más altas y puras, capaz de traspasar el umbral de fugaces sentimientos, y vestirlos de un espíritu que elevaba esa felicidad a la categoría de lo eterno.
Transformó ese paraíso de emociones, en un cielo donde el amor también se encuentra en el sufrimiento.
En su peregrinaje por ese mundo donde los corazones aman o sueñan con hacerlo, cruzó el otoño de esos pechos en los que se reparte, por igual, la tristeza y la alegría.
Son aquellos corazones a los que la vida, por su implacable ley,  les robó su amor, pero curó su herida con el bálsamo de un feliz recuerdo. Entonces, la nota se vistió de poesía invitando a esas almas a dejar felices suspiros en el cielo, a grabar sus emociones, sus lamentos, sus sueños, en las etéreas paredes del aire, ese mundo donde se guardan los secretos.
Y ese tiempo que desconocía lo que era un lamento, descubrió que existían los suspiros, que había almas que soñaban con lo que no tenían, o que recordaban lo que tuvieron.
Y por eso, el mar empezó a bramar cuando sintió que uno de esos corazones dejó, sobre sus aguas, un secreto de amor, por ello, las ramas aprendieron a cantar baladas cuando el viento les hacía llegar un beso sin destino; por eso, por todo eso, la naturaleza es el eco de nuestros corazones, el altavoz de nuestros sentimientos y siempre nacerá de ella una música que alivie nuestras penas o incendie esas emociones que arden en nuestro pecho.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 13 de julio de 2017

UNA LÁGRIMA BLANCA Y AZUL


Ya  llega ese umbral en el que la primera luz del amanecer y el último suspiro de  la luna se besan, y los sonidos, el aire  y el alma reviven esos íntimos sentimientos que nacen en las despedidas.
Arrastrado por un impulso, innato en quien no se cansa de amar, he invadido ese halo de lágrimas y lamentos que surgen cuando sol y luna intuyen que, hasta la siguiente alba, ya no se verán.
Yo también tendré que esperar; también tendré una flecha clavada en el alma, una herida que solo podrá aliviar el recuerdo de ese último encuentro y el sueño del que, mañana, se encontrarán.
Mientras, hasta que llegue ese instante, me asomaré al cielo de mi tierra, a ese cielo en el que un virgen azul y un inmaculado aire la visten de bella lágrima; lágrima que tiembla al compás de ese aire que la acaricia; lágrima que  cuando una luz roza su piel, brilla como agua del mar recién despertada.
La misma nieve que aún duerme su letargo en las cimas, tiembla y se rebela en pequeños torbellinos, como suspiros que huyen, desesperados, en busca de lo amado.
Dejo que mi humedecida mirada viaje en compañía de esa otra lágrima de luz y aire, y que, ambas, se pierdan por esa estepa de sueños, por ese blanco velo que cubre el dolor de un sol y una luna que se separan.
Ya, cae la tarde; ya, el sol busca su refugio mientras la luna deja en el aire, su primer brillo de plata.
No importa que mueran las horas, o  que la luz se rinda y esconda, o que almas y corazones busquen el silencio para liberar pensamientos y secretos disfrazados de amor o de sueños; nada importa mientras yo  pueda huir con ellos y sienta, como en este amanecer, que la primera luz del sol y el último suspiro de la luna llaman a las puertas de mi pecho y dibujan una virgen lágrima blanca y azul.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 7 de julio de 2017

VOLVER A NACER


Bastó un divino suceso, un designio  de Dios, para que las sombras que planeaban sobre el alma, que ya se relamían  soñando con su carroña, se rasgaran en débiles jirones hasta quedar engullidas y disueltas en el inmaculado aire que envolvía mi vida.
Esa misma alma que se consumía en el lento tormento del pesar, volvió, presurosa, a saciarse de los nuevos tesoros que Dios puso a su vista y volvió a saborear el dulce néctar de la esperanza.
Sentí la lucha que entablaron ilusiones y desesperanzas, sueños y pesadillas, alegrías y penas; en fin, sentí esa desgarradora fuerza que lleva, al ser humano, a superar su propio infierno para rozar el cielo porque siempre sueña que llegará ese día en que se nos curen las heridas.
Cruzaba el túnel de la vida, por ese tramo en el que la luz se apaga y caminamos por inercia, sintiendo que nada nos espera o  que lo bello quedó atrás; transitaba por esos momentos en los que nuestro báculo es la fe, una fe que le dice al corazón que no se rinda; un corazón que anima a los ojos a que sigan mirando al frente aunque solo encuentren oscuridad; unos ojos que, aunque cegados por las lágrimas, seguían abiertos porque la fe así se lo pedía.
Y todo llega…cuando uno menos lo espera.
En ese instante, cuando el cielo abre su garganta y libera las bellas voces que quedaron secuestradas por amargas saetas, una inmensa emoción invade al alma y el más insignificante motivo, la misma respiración, se viste de milagro y es causa para que una mirada agradecida viaje a Dios.
Y si los efectos de esta nueva vida han alcanzado todos los sentimientos y emociones que un corazón puede abarcar, irremediablemente ha quedado herido de felicidad ese mundo que me llena y en que su alma y su fibra más sensible eres tú.
Estos mismos labios que se sintieron incapaces de encontrar palabras que incendiaran tu corazón, han vuelto a derramarlas como aguas que nacen de las vírgenes fuentes de la tierra y, ahora, solo encuentran motivos para, al mirarte, hablar de vida y de amor.
Y ese mismo cielo que me ha abierto sus puertas, dudo si robó a tus ojos su luz, si secuestró el inmaculado azul de tu mirada para envolver este milagro que ahora me regala.
Y quisiera liberarme de la atadura de las palabras, dejar mi corazón grabado en estas líneas y mi alma estampada para que pudieras entender, a simple vista, el profundo sentimiento de gozo que puede sentir alguien que sufre y que ama.
Ojalá hubiera conservado una de esas lágrimas que el dolor me robó. La pondría junto a la que ahora está naciendo fruto de la emoción y las  conservaría en una caja de cristal en la que grabaría una sola palabra: ALMA.
Me retiro al abandono de los pensamientos, unos pensamientos que se perderán en esta tarde de truenos y lluvia, una tarde en la que un divino suceso, un designio de Dios, me ha permitido recuperar esa esperanza y ese amor que nunca huyeron del limpio azul de tu mirada.

Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 1 de julio de 2017

LOS SUEÑOS TAMBIÉN MUEREN


Pronto se desvanecieron las  esperanzas.
Quedaron como huérfanas velas que  pretendían abarcar el mar y quedaron desgarradas bajo el peso de su furioso brazo; como ilusa rama que brotó soñando rozar el cielo, pero al leve roce de un viento adverso quedó quebrada.
Es cierto que hay sueños efímeros, de hoja caduca, que despiertan la inicial ilusión, pero que se intuye que serán de corta vida.
Y tal vez, mientras viven, no es bueno aferrarse a ellos sabiendo que van a morir.
Yo tuve un sueño.
Lo abracé ilusionado porque me rescataba de la pesadilla que se cernía, porque abría un nuevo horizonte en el que soñaba revivir esas ilusiones que te dan la vida, porque me ofrecería esas oportunidades para que alma y corazón pusieran sus valores al servicio de las personas, pero…
Sí, ese sueño formaba parte de aquellos que morirían apenas nacer, vela desgarrada, rama quebrada y de corta vida.
Es verdad que él mismo, según avanzaba y crecía, se diluía, envejecía, perdía la vitalidad con la que nació y empezó a mostrar la otra cara que jamás enseñaría porque, si no, nunca lo llamarían sueño.
Y fui viendo cómo se apagaba, cómo su luz, que aspiró a alimentar esos rincones del alma, propia y ajena, donde se escondían los pesares y temores, se volvió turbia y, lentamente, volvía a esas penumbras en las que habitaba antes de nacer.
Sabiendo que estaba abocado al precipicio, hubo momentos en los que ese sueño dolía.
Sí, porque así como una madre sabe que el consuelo de tener a un hijo vivo entre sus brazos no mitiga el dolor de saber que, pronto, va a morir, así, de igual manera, ese sueño me mortificaba según iba alargando su agonía.
Y hubo momentos en los que deseé su muerte, le pedí que diera fin a su destino; ya  no podía seguir mirándolo a los ojos con la inicial ilusión porque, cada vez que lo miraba, solo veía amargos harapos en lo que fue una brillante túnica; solo veía la noche en lo que fue un amanecer.
Ya no era sueño. Solo quedaba contar los segundos, los días que restaban para su entierro mientras agonizaba en mis brazos como una pesadilla.
Pero más allá de la desilusión que cause el ver cómo una posible felicidad se trunca y se muda en amarga realidad, en mi alma ha vuelto a nacer esa inmortal necesidad de creer, de esperar, en aquellos sueños que no son velas rotas por el mar ni pobres ramas tronchadas por el viento.
Sí, sueño, espero y deseo que vuelva a encontrarme con esos momentos en los que los sueños se hacen realidad.
De momento, mi alma sigue intacta y aferrada a Dios, fuente de sueños que nunca mueren, que son eternos.