miércoles, 19 de julio de 2017

EL CORAZÓN DE LA NATURALEZA


Hubo un tiempo en el que los suspiros no existían porque no había necesidad de deseo.
El mar no bramaba, porque el aire dejaba sobre él los pensamientos de la tierra.
Los árboles no gemían,  porque siempre había un sueño perdido que rozaba sus ramas.
El aire destilaba felices presagios, porque allá por donde cruzaba respiraba esas emociones que alimentan la vida.
Todo era bienestar hasta que una nota de esa música que cubría la creación decidió emprender anárquico vuelo: quería saber si esa felicidad era común a toda la existencia.
Y se fue abriendo camino entre corrientes de aire cargadas de sueños, de suspiros, de ilusiones quebradas o por cumplirse, pero ella, sin alterar su vuelo, iba dejando la estela de esa música que había mamado, de su mensaje de paz reconciliadora, de un amor que solo nace del fondo del alma.
Cruzó estepas solitarias, donde anidan pensamientos que no encontraron eco, corazones a los que la vida quebró su sueño, pero, incluso en ese adverso terreno, ese hilo de música fue capaz de devolverles la paz o de dejar un reflejo de luz en medio de su oscuridad.
Atravesó vergeles, fuentes, lugares en los que la piel de esa tierra estaba bendecida, en los que los corazones solo conocían la sonrisa; sin embargo, la nota se vistió de ángel y encontró una misión.
Sus alas rozaron cada una de esas almas henchidas de mortal gloria y les hizo sentir un amor que rozaba cotas más altas y puras, capaz de traspasar el umbral de fugaces sentimientos, y vestirlos de un espíritu que elevaba esa felicidad a la categoría de lo eterno.
Transformó ese paraíso de emociones, en un cielo donde el amor también se encuentra en el sufrimiento.
En su peregrinaje por ese mundo donde los corazones aman o sueñan con hacerlo, cruzó el otoño de esos pechos en los que se reparte, por igual, la tristeza y la alegría.
Son aquellos corazones a los que la vida, por su implacable ley,  les robó su amor, pero curó su herida con el bálsamo de un feliz recuerdo. Entonces, la nota se vistió de poesía invitando a esas almas a dejar felices suspiros en el cielo, a grabar sus emociones, sus lamentos, sus sueños, en las etéreas paredes del aire, ese mundo donde se guardan los secretos.
Y ese tiempo que desconocía lo que era un lamento, descubrió que existían los suspiros, que había almas que soñaban con lo que no tenían, o que recordaban lo que tuvieron.
Y por eso, el mar empezó a bramar cuando sintió que uno de esos corazones dejó, sobre sus aguas, un secreto de amor, por ello, las ramas aprendieron a cantar baladas cuando el viento les hacía llegar un beso sin destino; por eso, por todo eso, la naturaleza es el eco de nuestros corazones, el altavoz de nuestros sentimientos y siempre nacerá de ella una música que alivie nuestras penas o incendie esas emociones que arden en nuestro pecho.

Abel de Miguel

Madrid, España

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