sábado, 1 de julio de 2017

LOS SUEÑOS TAMBIÉN MUEREN


Pronto se desvanecieron las  esperanzas.
Quedaron como huérfanas velas que  pretendían abarcar el mar y quedaron desgarradas bajo el peso de su furioso brazo; como ilusa rama que brotó soñando rozar el cielo, pero al leve roce de un viento adverso quedó quebrada.
Es cierto que hay sueños efímeros, de hoja caduca, que despiertan la inicial ilusión, pero que se intuye que serán de corta vida.
Y tal vez, mientras viven, no es bueno aferrarse a ellos sabiendo que van a morir.
Yo tuve un sueño.
Lo abracé ilusionado porque me rescataba de la pesadilla que se cernía, porque abría un nuevo horizonte en el que soñaba revivir esas ilusiones que te dan la vida, porque me ofrecería esas oportunidades para que alma y corazón pusieran sus valores al servicio de las personas, pero…
Sí, ese sueño formaba parte de aquellos que morirían apenas nacer, vela desgarrada, rama quebrada y de corta vida.
Es verdad que él mismo, según avanzaba y crecía, se diluía, envejecía, perdía la vitalidad con la que nació y empezó a mostrar la otra cara que jamás enseñaría porque, si no, nunca lo llamarían sueño.
Y fui viendo cómo se apagaba, cómo su luz, que aspiró a alimentar esos rincones del alma, propia y ajena, donde se escondían los pesares y temores, se volvió turbia y, lentamente, volvía a esas penumbras en las que habitaba antes de nacer.
Sabiendo que estaba abocado al precipicio, hubo momentos en los que ese sueño dolía.
Sí, porque así como una madre sabe que el consuelo de tener a un hijo vivo entre sus brazos no mitiga el dolor de saber que, pronto, va a morir, así, de igual manera, ese sueño me mortificaba según iba alargando su agonía.
Y hubo momentos en los que deseé su muerte, le pedí que diera fin a su destino; ya  no podía seguir mirándolo a los ojos con la inicial ilusión porque, cada vez que lo miraba, solo veía amargos harapos en lo que fue una brillante túnica; solo veía la noche en lo que fue un amanecer.
Ya no era sueño. Solo quedaba contar los segundos, los días que restaban para su entierro mientras agonizaba en mis brazos como una pesadilla.
Pero más allá de la desilusión que cause el ver cómo una posible felicidad se trunca y se muda en amarga realidad, en mi alma ha vuelto a nacer esa inmortal necesidad de creer, de esperar, en aquellos sueños que no son velas rotas por el mar ni pobres ramas tronchadas por el viento.
Sí, sueño, espero y deseo que vuelva a encontrarme con esos momentos en los que los sueños se hacen realidad.
De momento, mi alma sigue intacta y aferrada a Dios, fuente de sueños que nunca mueren, que son eternos.




1 comentario:

  1. "Fuente de sueños que nunca mueren, que son eternos" Hermosas narraciones, las tuyas.

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