jueves, 13 de julio de 2017

UNA LÁGRIMA BLANCA Y AZUL


Ya  llega ese umbral en el que la primera luz del amanecer y el último suspiro de  la luna se besan, y los sonidos, el aire  y el alma reviven esos íntimos sentimientos que nacen en las despedidas.
Arrastrado por un impulso, innato en quien no se cansa de amar, he invadido ese halo de lágrimas y lamentos que surgen cuando sol y luna intuyen que, hasta la siguiente alba, ya no se verán.
Yo también tendré que esperar; también tendré una flecha clavada en el alma, una herida que solo podrá aliviar el recuerdo de ese último encuentro y el sueño del que, mañana, se encontrarán.
Mientras, hasta que llegue ese instante, me asomaré al cielo de mi tierra, a ese cielo en el que un virgen azul y un inmaculado aire la visten de bella lágrima; lágrima que tiembla al compás de ese aire que la acaricia; lágrima que  cuando una luz roza su piel, brilla como agua del mar recién despertada.
La misma nieve que aún duerme su letargo en las cimas, tiembla y se rebela en pequeños torbellinos, como suspiros que huyen, desesperados, en busca de lo amado.
Dejo que mi humedecida mirada viaje en compañía de esa otra lágrima de luz y aire, y que, ambas, se pierdan por esa estepa de sueños, por ese blanco velo que cubre el dolor de un sol y una luna que se separan.
Ya, cae la tarde; ya, el sol busca su refugio mientras la luna deja en el aire, su primer brillo de plata.
No importa que mueran las horas, o  que la luz se rinda y esconda, o que almas y corazones busquen el silencio para liberar pensamientos y secretos disfrazados de amor o de sueños; nada importa mientras yo  pueda huir con ellos y sienta, como en este amanecer, que la primera luz del sol y el último suspiro de la luna llaman a las puertas de mi pecho y dibujan una virgen lágrima blanca y azul.

Abel de Miguel

Madrid, España

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