viernes, 7 de julio de 2017

VOLVER A NACER


Bastó un divino suceso, un designio  de Dios, para que las sombras que planeaban sobre el alma, que ya se relamían  soñando con su carroña, se rasgaran en débiles jirones hasta quedar engullidas y disueltas en el inmaculado aire que envolvía mi vida.
Esa misma alma que se consumía en el lento tormento del pesar, volvió, presurosa, a saciarse de los nuevos tesoros que Dios puso a su vista y volvió a saborear el dulce néctar de la esperanza.
Sentí la lucha que entablaron ilusiones y desesperanzas, sueños y pesadillas, alegrías y penas; en fin, sentí esa desgarradora fuerza que lleva, al ser humano, a superar su propio infierno para rozar el cielo porque siempre sueña que llegará ese día en que se nos curen las heridas.
Cruzaba el túnel de la vida, por ese tramo en el que la luz se apaga y caminamos por inercia, sintiendo que nada nos espera o  que lo bello quedó atrás; transitaba por esos momentos en los que nuestro báculo es la fe, una fe que le dice al corazón que no se rinda; un corazón que anima a los ojos a que sigan mirando al frente aunque solo encuentren oscuridad; unos ojos que, aunque cegados por las lágrimas, seguían abiertos porque la fe así se lo pedía.
Y todo llega…cuando uno menos lo espera.
En ese instante, cuando el cielo abre su garganta y libera las bellas voces que quedaron secuestradas por amargas saetas, una inmensa emoción invade al alma y el más insignificante motivo, la misma respiración, se viste de milagro y es causa para que una mirada agradecida viaje a Dios.
Y si los efectos de esta nueva vida han alcanzado todos los sentimientos y emociones que un corazón puede abarcar, irremediablemente ha quedado herido de felicidad ese mundo que me llena y en que su alma y su fibra más sensible eres tú.
Estos mismos labios que se sintieron incapaces de encontrar palabras que incendiaran tu corazón, han vuelto a derramarlas como aguas que nacen de las vírgenes fuentes de la tierra y, ahora, solo encuentran motivos para, al mirarte, hablar de vida y de amor.
Y ese mismo cielo que me ha abierto sus puertas, dudo si robó a tus ojos su luz, si secuestró el inmaculado azul de tu mirada para envolver este milagro que ahora me regala.
Y quisiera liberarme de la atadura de las palabras, dejar mi corazón grabado en estas líneas y mi alma estampada para que pudieras entender, a simple vista, el profundo sentimiento de gozo que puede sentir alguien que sufre y que ama.
Ojalá hubiera conservado una de esas lágrimas que el dolor me robó. La pondría junto a la que ahora está naciendo fruto de la emoción y las  conservaría en una caja de cristal en la que grabaría una sola palabra: ALMA.
Me retiro al abandono de los pensamientos, unos pensamientos que se perderán en esta tarde de truenos y lluvia, una tarde en la que un divino suceso, un designio de Dios, me ha permitido recuperar esa esperanza y ese amor que nunca huyeron del limpio azul de tu mirada.

Abel de Miguel

Madrid, España

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