viernes, 4 de agosto de 2017

DUERME  LA VELA



La  vela  dormía y su llama se recostaba sobre el silencio que le ofrecía esa habitación.
La  contemplaban mudas vigas de madera que, junto con el silente musgo, rompían el grisáceo velo de las calladas piedras que velaban el sueño de la vela.
Se  mecía lentamente, acunada por un evasivo aire que parecía esquivarla para no romper su sueño.
Era tan placentero verla, causaba tanta paz su descanso, que sentí el deseo de formar parte de esa mágica estancia en la que todo adquiría tintes de cuento.
Se respiraba esa tranquilidad que rebosa un río a las primeras horas del alba, cuyas aguas, de quietas y serenas, transmiten los sentimientos de ese cielo que en su transparente piel se graba.
Se palpaba la placentera sensación, que atraviesa el alma, de esas noches en las que la luna calla y el viento gime, solo lo necesario, para recordarnos que lo que vivimos no es un sueño.
Me conformaba con mirar el tímido ondear de esa cabeza de fuego que, de cansada, apenas dejaba destellos de luz que dibujaban esbozos de sombras, sombras que, trémulas y nerviosas, se mecían al compás de esa mecha y se acunaban junto a ella para compartir la misma dulce sensación .
Todo era armónico, equilibrado, estable, todo era una maravillosa balada de silencios en la que se podrían revivir esos momentos en los que la carne muere y solo vive el alma.
La vela, inmutable, seguía cumpliendo la misión de derramar amables sensaciones, hasta hacerme creer que ese rincón en el que ella habitaba fue elegido por Dios, como refugio de corazones que necesitan el silencio para asumir sus dolores o saborear el amor.
Di unos pocos pasos entre ese bosque de sombras y silencios y tuve la sensación de estar paseando al borde del mar, una de esas noches en las que la marea y  la brisa se besan en silencio mientras la luna deja sus suspiros en la arena.
O como esas otras en las que miras, sin límite de tiempo, las estrellas mientras tus sueños y deseos viajan entre ellas; así, con la misma inmensa paz, me sentía al pasear entre los dominios de la vela.
Y en esos dominios vivían, aunque no los viera, las aguas que mueren en la orilla, las luces recién nacidas del alba, los vientos que siembran de libertad las montañas, las somnolientas hojas de otoño que escriben, en silencio, versos en nuestras almas, la lluvia que besa los cristales y deja, en nuestros pechos, un eco de melancolía, el rocío que dejó las lágrimas en su amada hierba,….
Todas esas vivencias que, en algún momento, me han hecho rozar el milagro del espíritu y la Naturaleza, se encontraban allí, atrapadas por el enigmático encanto de una pequeña vela que dormía al abrigo de un esquivo aire que temía despertarla.
Gracias a Dios, no lo hizo y  pude seguir contemplando esa vela, que  dormía mientras su llama se recostaba sobre el silencio.

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