martes, 15 de agosto de 2017

LÁGRIMAS  EN LA PIEDRA


Sobre las piedras había, dibujadas, unas lágrimas, aunque para cualquier paseante distraído no hubieran dejado de ser bellas gotas de agua que decidieron dejar la huella de su muerte allí.
Para quien ignorara el sufrimiento o no hubiera sido rozado por el silbido de las flechas que hieren el corazón, esas huellas sugerirían caprichos de la lluvia, pero quien saboreó las hieles de la vida, quien sintió el dolor en el centro de su alma, bien sabía que allí se habían liberado dolientes confesiones, sueños quebrados, heridas sin cicatrizar; en definitiva, se habían escuchado esos dolores que solo conoce el corazón y que solo una lágrima es capaz de expresar.
Ya que la vida las ofrece bajo un muestrario de diversas formas y colores, quise conocer la causa de por qué dormían sobre esa piedra, quién abrió su alma y firmó, con una lágrima, el dolor o la emoción que asomaron al balcón de sus ojos.
No sé si nacieron en una triste noche en la que la luna se vendó los ojos y no quiso mirarlas, o por un beso que esperaban y erró su camino, o si lo amado dejó de existir porque cayó en los brazos de la muerte, pero esas lágrimas eran sinceras.
Solo con mirarlas, la causa de su existencia gritaba desde el silencio de esa piedra.
Las deposité, una a una, en mi mano, intentando darles esa delicadeza que, tal vez, echó en falta el corazón del que nacieron, dejé que descansaran al calor de ese cariño que les robaron y, no sé si fue por eso, pero al simple roce de mi mano temblaron.
¿Miedo o emoción? Seguramente, ambos sentimientos.
Miedo: porque ese estado de felicidad ya la vivieron y… se lo robaron; miedo a volver a perder ese sentimiento que las hizo rozar el cielo para acabar viviendo un infierno.
Emoción: porque aunque presas del temor, no podían evitar, al sentir un mínimo afecto, que esas ilusiones, sueños y esperanzas latieran como en el primer amor.
Eran un mar cuyo horizonte se había partido por la mitad, cuyos sueños debieron ser tan altos, lejanos y eternos, que alcanzaron ese punto donde el cielo recoge los deseos de la tierra; pero algo o alguien invocó a la adversidad para que ese horizonte quedara oculto entre las negras nubes del dolor.
¿Un amor imposible?, ¿un sueño tan cercano que creyó que era real?, ¿una ilusión que nada más rozar se evaporó como un suspiro?, ¿una felicidad tan intensa que el miedo al fracaso hizo naufragar?
Tal vez todas ellas fueron la causa de que esas lágrimas allí estuvieran, pero no pude evitar recrearme en ellas. Sí, digo “recrearme”, pero no por un morboso placer en el sufrimiento, sino porque más allá de sus heridas, en el fondo de ese cristalino pozo, al trasluz de esa brillante gota de tristeza, se vislumbraba una tenue luz que se resistía a morir, una pequeña llama incapaz de extinguirse en medio de las dolientes aguas de las lágrimas. Ese atisbo de vida que se dibujaba en el corazón de las lágrimas era el amor que las parió, la ilusión que, luego, se transformó en espada.
No pudieron renunciar a él y lo conservaron hasta su muerte convirtiendo, ese amor, en el epitafio de esas lágrimas que duermen en el silencio de una piedra.

Abel de Miguel

Madrid, España

1 comentario:

  1. Caricias tiernas.
    Siempre queda latido como bien dices. Preciosas letras

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