miércoles, 9 de agosto de 2017

LUNA  LLENA



Hubo un  tiempo, al principio de la Creación,  en el que Dios se refugiaba en la  noche para contemplar, en el más absoluto silencio, a sus criaturas.
Solo la luna, con sus estrellas, y el sigiloso aire que habitaba el universo  eran testigos de los divinos pensamientos, de cómo Él se complacía en lo observado, testigos de ese resplandor que iluminaba la oscuridad cuando una de esas criaturas tocaba el corazón de Dios; pero una de esas noches, Dios sintió que la luna no apartaba de Él la mirada, una mirada entre enamorada y suplicante que cautivó la atención del Creador, pues todo lo que respira amor es captado, como reliquia, por Su corazón.
Y Dios miró a la luna; tan intensamente la miró,  que no pudo evitar que se escapara un suspiro de sus divinos labios, suspiro que embriagó a la luna y la hizo más hermosa, tan hermosa que, ahora, era ella quien le robaba a Él una parte de su corazón, por lo que nació, de esos eternos labios, el mayor sueño al que aspiran las almas: un beso de Dios.
Y Dios y luna entraron en una dinámica de emociones en la que cada una daba lugar al nacimiento de otra mayor.
El aire y las estrellas, privilegiados espectadores de ese milagro, temblaban, casi de miedo, pues nunca se vieron en tal estado de emoción, jamás pensaron que el amor fuera capaz de arrasar la materia de que se componían.
Y según Dios cortejaba a la luna, esta, crecía en tamaño, como si fuera el sol, y su blanco ropaje adquiría un blanco inmaculado, superior al del alma recién creada o al de la virgen nieve recién nacida de los ojos del cielo y que muere en los brazos de la montaña.
A tal punto de hermosura llegó que el mismo Dios dijo: “¡BASTA!”.
En ese instante, los sentimientos, forma, color y emociones de la luna quedaron en suspenso, inmovilizados, como si Dios hubiera esculpido la más hermosa lágrima de nácar, y todas las criaturas rindieron su mirada hacia ese nuevo milagro que había surgido en el cielo.
El viento rompió su silencio y extendió, por cielos y tierra, la voz de los mismísimos ángeles.
Había nacido la luna llena, el mayor homenaje, el más digno tributo que la Naturaleza puede rendir a su benefactor.
Pero, de hermosa que era, Dios la quiso preservar. La ocultó bajo sus brazos y, esporádicamente, la mostraría a los mortales.
Por ello, cuando surge, los corazones sienten el reflejo de ese amor que la creó y los amantes clavan su mirada en esa lágrima de nácar y tienden, a sus pies, sus sueños, que no son otros que los de vivir con ese mismo amor con el que ella fue creada; es decir, hacer de sus vidas una continua luna llena.

Abel de Miguel
Madrid, España

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