viernes, 3 de noviembre de 2017

LO  NECESITABA



En su pecho pendía un hilo de amor lo suficientemente intenso como para que su mirada huyera hacia ese cielo que, a través de la ventana, se ofrecía como lecho en el que descansaran sus emociones.

La fuerza bruta del corazón, esa que nace cuando se siente apresado por un sueño, agitaba sus pensamientos y le robaba la serenidad necesaria para saborearlos. Necesitaba encontrar ese estado de paz en el que el alma y el corazón se hablaran, casi, en silencio, en el que los deseos desfilaran, uno a uno, dando tiempo a saborear el dulce sabor de su estela.

Sí, necesitaba hallar esa armonía en la que ese hilo de amor fuera capaz de tejer el más maravilloso tapiz que los sueños pudieran formar.

Sin más dilación, se acercó al piano, se acomodó, miró a su confidente cielo y sus dedos descansaron sobre el teclado, acariciándolo como quien acariciaría un corazón herido o una virgen alma.

Cerró los ojos, pretendiendo que los sentimientos se tornaran en suave remanso, y empezó a presagiar esas notas que pondrían voz al invisible sentimiento del amor: estaba naciendo esa música que encauzaría sus pasiones hacia las tranquilas orillas del alma.

El piano empezó a sonar y ella inclinó la mirada hacia él, como si estuviera contemplando lo amado, como si estuviera presente, como si tuviera alma y dijera, por ella, las palabras que se ahogaban en sus labios.

Bastaba mirarla para saber que su pecho era una hermosa laguna en la que iban desembocando esos ríos llamados “ilusión”, “sueño”, “esperanza”, “amor”, “eternidad”,…, y cada uno de ellos aportaba una nota. Tan interiorizado tenía lo amado, que esa música dibujó una lágrima en su mirada, la cual estaba viajando por otro mundo, ese mundo en el que le esperaba su amado.

Y mientras sus dedos acariciaban el teclado, su alma le seguía dictando esa partitura que envolvía en poemas la habitación. Sus ojos se resistían a abrirse, así no escaparían esos sueños que estaban naciendo.

Llegó el momento en el que a tan alta cima se elevó, que sus manos se rindieron a la música que nacía de ellas y, moribundas de tanto amor, callaron; pero en el aire siguió sonando la voz de sus sentimientos:  era el alma del piano quien hablaba.

Ella continuó sus sueños, se siguieron dibujando emocionadas lágrimas en su rostro y su pecho encontró, en esas notas, la razón para seguir amando.

Encontró ese estado de paz en el que el corazón y el alma se hablaran, casi en silencio, y ese hilo de amor fuera capaz de tejer el más maravilloso tapiz que pueden formar los sueños.

Lo necesitaba.

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